COLUMNA DE CARLOS GOEDDER |
La "psicoeconomía" del mayor fraude financiero / II
"Nada de lo que diga puede ser empleado como excusa para mi conducta. Acepto plena responsabilidad por lo que hice. Estaba consciente de lo que realizaba (…) Tiene que entender mi historia”.
“Yo empecé con 500 dólares de capital. Vi a mi padre quebrar. Yo era muy decidido. Pero siempre estaba fuera del club, ese club del New York Stock Exchange. Ellos me hicieron zancadillas en todo el camino". Bernard Madoff, mayor estafador de la historia
En la entrega anterior se destacan los trabajos que hacen los periodistas Gillian Tett y David Gelles, quienes, además de Diana Henriques, han conseguido entrevistar al estadounidense Bernard "Bernie" Madoff en prisión.
Como se comentó en esa entrega, realizada en Emen, 5-09-11, su estafa fue el mayor esquema Ponzi en la historia financiera.
Ahora se aborda la óptica psicológica correspondiente a este evento.
Quienes invertían con Madoff distaban de ser codiciosos y avarientos especuladores. Lo que les atraía de Madoff es que sus rendimientos eran estables en el tiempo, en torno a 10% anual en dólares estadounidenses, lo cual puede sonar alto, mas dista de ser espectacular. Era la recurrencia de resultado, la seguridad, lo que gustaba. ¿Cuál es la psique del inversionista en este esquema Ponzi? Incluso los periodistas, señalan el poder seductor que, incluso preso, Madoff mantiene.
Tal poder reside en que hace sentir a su interlocutor como más listo y sofisticado que él; es capaz de inflar tanto el ego de quien tiene el dinero, que éste se lo entrega, especialmente porque Madoff nunca demostraba interés por tener acceso a ese dinero; lejos de parecer un lisonjero, Madoff lucía como un benevolente señor, sagaz para darse cuenta del talento ajeno y en quien se podía confiar precisamente por esa capacidad para descubrir cuán listo era su interlocutor. Es más, Madoff daba impresión de querer rechazar el dinero que le iban a dar y exigía una inversión mínima de medio millón de dólares -precisamente para evitar retiros frecuentes de dinero en su esquema Ponzi-. Lo que atraía era precisamente ese aparente desinterés por ser masivo y accesible.
Destaca la anécdota de que un inversionista empezó a desconfiar de "Bernie" porque en un torneo de golf en el cual ambos participaron, Madoff se había apuntado con un nivel o "handicap" peor al que realmente tenía, con lo cual consiguió estar más cerca del triunfo; el agudo observador se dio cuenta de que Madoff, en general, podría fingir ser menos listo de lo que realmente era. Sólo que el desconfiado a nadie se lo comentó…
Otra óptica psicológica es qué ocurre en la mente de quien perpetra este crimen. Madoff nunca había ido a un psicólogo hasta que se lo impusieron en prisión. Mas está claro, como dice Henriques, que al tratarse de un crimen lejano a la perfección, con fin anunciado, el fraude Ponzi dista de ser el crimen de un sádico… Es el de un egotista, alguien con sentido exagerado de sí mismo, quien cree que lo inexorable dejará de ocurrirle porque es renuente a admitir el fracaso. Madoff nunca intentó fugarse al extranjero con los 300 MM de dólares que le quedaban cuando se está por destapar su trampa, ni antes, cuando tenía las arcas llenas de dinero. Y, él mismo lo decía, nada tenía que temer sobre las consecuencias de "salir corriendo" porque distaba de servir a mafiosos o personajes que le hicieran temer por su vida por hacerles trampa. Es más, todavía argumenta que sus inversionistas acabarán obteniendo más dinero, como resultado de los litigios en realización y de los rendimientos que él antes les dio, que si hubieran operado en el mercado bajo otra fórmula.
Sólo comenzó a sintonizar con el daño inflingido a sus inversionistas, algunos de los cuales se quitaron la vida al perder todo lo que tenían, cuando su propio hijo se suicidó a exactos dos años después de destaparse el fraude.
Lo terrible para Henriques resulta ser que para inmunizar a la sociedad contra un esquema Ponzi, habríamos de vivir en un mundo donde cada individuo funcionase bajo absoluta desconfianza por el prójimo, rayando en la paranoia. En tal mundo, nunca habría mercados financieros.
En fin, simplemente se pide mejor regulación y supervisión, habilitar canales para denuncia de crímenes financieros, democratizar la educación sobre estos temas de inversión, y un poco menos de ego a quienes ya se sienten todopoderosos en la materia. La propia Henriques cita a Bertrand Russell: "El problema en el mundo es que los estúpidos están seguros de sí, mientras los inteligentes están llenos de dudas".
carlosurgente@yahoo.es