diccionario de economía
 


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El ineludible fantasma de los impuestos
Los impuestos son recursos que las personas entregan al Estado, para pagar una serie de gastos, algunos de los cuales son causados por las funciones genuinamente "públicas" y otros no.
Es decir, los mismos tributos pagan indiscriminadamente tanto los sueldos de jueces, policías, contratistas de caminos y otras obras genuinamente públicas -vialidad e infraestructura comunicacional- en las cuales el dinero es invertido en beneficio de la sociedad; además de otros gastos, dinero que se dilapida o despilfarra en otras funciones, no propiamente estatales.

Por eso conviene dar al tema un enfoque inteligente, filosófico y ético. El funcionario público es un individuo que administra fondos de terceros, supuestamente en beneficio de otros terceros. Y esa es solo una -la más defectuosa- de las posibilidades de manejar fondos. Veamos todas, y con un ejemplo.

Formas de administrar gastos

Caso I. Supongamos que debe ir por una semana a un lugar sin mayor atractivo turístico ni sentimental, y usted mismo cubre sus gastos y con sus propios fondos.

¿En qué tipo de hotel se hospedaría? Probablemente no en el más costoso, sino en uno limpio, en buenas condiciones, en una zona sin mayores riesgos.

Es dinero suyo, así que usted va a tratar de no comer en lugares costosos, sino con precios módicos. Va a tratar de movilizarse en un medio de transporte seguro, sin muchos lujos. Así actúa en sus propios gastos un individuo que maneja sus fondos. Maximizando su eficiencia.

Caso II. El siguiente nivel de eficiencia es administrar fondos de otras personas para uno mismo. Supongamos que el viaje no es con nuestro dinero, sino con el de la empresa donde uno es empleado, y debemos presentar cuenta de gastos al regreso.

Es muy probable que escoja hoteles de categoría superior, que coma en restaurantes de mayor lujo y use medios de transporte más cómodos. Es decir, la persona es menos eficiente en el gasto.

Pero si la empresa que comisiona a un empleado para cierta diligencia de la compañía le otorga un monto fijo de viáticos para este mismo viaje -sin rendición de cuentas-, la persona sentiría que ese dinero le pertenece y lo va a querer ahorrar.

Es más, trataría de hospedarse en lugares aún más económicos, comer en sitios más modestos y transportarse en medios más baratos o caminando. Porque la diligencia encomendada es negocio de otro, no propio.

Esto confirma que las personas son más eficientes administrando su propio dinero que dinero de terceros. Y en su propio negocio, y no en el de otros.

Caso III. Ahora bien, ¿qué sucede si la persona va a administrar recursos propios en favor de terceros? Digamos, en una obra de caridad o en una fiesta. ¿Cómo se organiza? El propósito del donante es lograr el mayor grado de vistosidad en el evento. Si es la donación de un edificio, que se vea grandote, aunque por dentro no tenga mucha dotación; si es una fiesta, que aparente elementos muy costosos, de gran lujo, probablemente la primera ronda de bebidas y canapés -con los periodistas- sea de primera, con whisky de 18 años, champaña, caviar y salmón, aunque para la segunda ronda la calidad disminuya.
Somos menos eficientes manejando nuestro dinero en beneficio de terceros.

Caso IV. Pero las peores fallas se ven cuando se administra dinero de terceros para otros terceros; y ese precisamente es el caso del Estado. Lo más ineficiente que existe es la combinación de fondos ajenos en beneficio de otros. Así es como los administradores estatales gastan nuestro dinero de los impuestos.

Por eso en educación o en salud no hay nadie mejor que los entes privados o las iglesias para administrar fondos: las iglesias hacen, con menos cantidad de recursos, más que los estados al emplear estos capitales.

Existen numerosos ejemplos, sobre todo en América Latina, en donde el costo por alumno en escuelas manejadas por instituciones religiosas es un tercio del monto que reportan los centros administradas por el Estado.

Sucede lo mismo en hospitales y centros médicos.
Otro problema de los impuestos es que quienes los pagan son generalmente los que menos tienen, pues los que tienen dinero o poder siempre cuentan con herramientas para no pagar, o para transferir a los más débiles estos impuestos. Además, cuando los inversionistas deben pagar por sus ganancias impuestos a tasas o alícuotas mayores (llamadas "progresivas"), simplemente dejan de invertir.

Pagar el mínimo posible

Partiendo de esa consideración, el tema de los impuestos debe ser enfocado por los individuos de una manera cuidadosa, pues ese dinero no va a ser utilizado en la mayoría de los casos para el bien de la sociedad. Ese es el punto filosófico de los impuestos. De eso precisamente es de lo que debe cuidarse usted, que trata de sobrevivir en este medio salvaje.

No estamos hablando de evadir los impuestos, porque es ilegal, sino de ser eficientes y minimizar el monto a pagar por concepto de tributos, por supuesto, dentro de los límites de la ley.

¿Qué quiere decir pagar lo mínimo? Es buscar estrategias o métodos legales para cancelar pocos impuestos; o más bien, solo lo justo, porque es injusto pagar en gravámenes más de lo necesario para las funciones propias estatales. Ese dinero en exceso va a ser mal administrado, se le va a dar un uso dispendioso, ¡eso sería inmoral! Porque tanto el individuo como la sociedad van a salir perjudicados, ya que se van a privar del mejor empleo que a ese dinero podrían darle los particulares. Esa plata tendría mejor uso si se quedase en los bolsillos del contribuyente; y por ello ahí es donde debe quedarse. Eso es lo moral, lo ético.

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