diccionario de economía
 


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Gobiernos ruinosos
El deber del ciudadano es proteger el producto de su esfuerzo en divisas extranjeras y no en moneda local. Eso, para nada, es una actitud apátrida.
En la dura lucha por la supervivencia financiera, los seres humanos se ven en la obligación de salvaguardar su patrimonio familiar, y muchas veces se ven enfrentados a las pésimas decisiones de algunos Estados o gobiernos que definitivamente amenazan el fruto de años o décadas de duro trabajo e inmensos sacrificios. 

Desde Nerón hasta Rodríguez Zapatero, pasando por siniestros personajes como Lenin, Herodes o Mussolini, por reyes, presidentes y dictadores todopoderosos, los hombres fuertes que han detentado y monopolizado el poder han sido siempre de los primeros expoliadores y confiscadores de los ahorros de la gente decente y trabajadora.

Ya sea a través de mecanismos de dominación, debido al populismo, a la irresponsabilidad descarada, o gracias a las imbéciles equivocaciones de los gobernantes y sus secuaces, el producto del trabajo honesto y la calidad de vida de millones y millones de personas se han visto aplastados, y lo peor es que luego de las ruinas, nadie se hace responsable, quedando sociedades enteras en la más absoluta miseria.

Sin embargo, quienes cometieron los abusos y errores, para nada pasarán trabajo luego de las masivas quiebras.

Los mecanismos de fraude que ejecutan los gobiernos van desde guerras innecesarias en nombre de supuestos ideales nacionales hasta expropiaciones y ataques a la propiedad privada. 

Pero también el permitir desequilibrios en las economías, el incentivar ineficiencias, el mantener y multiplicar a los parásitos a través de innumerables dádivas populistas o el cerrar paso a la iniciativa empresarial con medidas restrictivas, permisos o alcabalas empobrecen a quienes efectivamente trabajan y se esfuerzan para lograr sus metas.

De igual manera, los poderosos gobernantes son usualmente muy críticos del hombre libre, por sus "cuestionables" acciones en pos de la defensa de su patrimonio personal. 

De esta forma, actitudes como el invertir en economías con menor riesgo, retirar dineros de sistemas financieros altamente riesgosos, o simplemente no invertir cuando la amenaza de expropiación se hace evidente, es normalmente criticado y calificado como inmoral o antipatriótico por quienes detentan el poder.

No es novedoso que arruinadores de países como por ejemplo Velasco Alvarado en el Perú o Perón en la Argentina hayan repetido como mantras palabras como "apátridas" o "traidores" para referirse a quienes simplemente en esos tiempos buscaban salvar el producto de su esfuerzo de muchos años.

El tema es entonces de índole ético, resulta que los inmorales en el poder terminan por ser acusadores, críticos e inquisidores de quienes simplemente tratan de garantizar el futuro de sus familias en medios donde la miseria está a la vuelta de la esquina.

Lo realmente inmoral es, sin embargo, el bloquear y condenar los mecanismos de ahorro familiar y de defensa del patrimonio. 

Y el cuestionamiento moral definitivamente debe ejecutarse contra los poderosos y no contra las clases medias y trabajadoras en defensa de sus reservas personales y familiares. 

Los que realmente tienen la culpa de las crisis son los gobiernos que vacían reservas o que desvían recursos de las verdaderas prioridades; nunca quienes defienden sus propiedades.

Algunas alertas de posibles situaciones y políticas ruinosas
Existe un conjunto de indicadores a los cuales el ciudadano común debe prestar atención, pues con bastante probabilidad podrían ser predictores de crisis y de situaciones ruinosas. A continuación algunos ejemplos:

Déficit en el sector público, aumento en el circulante y reducción de reservas internacionales: cuando un Estado o Gobierno gasta más del dinero que es capaz de obtener por concepto de impuestos, y al mismo tiempo cubre ese déficit incrementando la cantidad de dinero en circulación, mientras en paralelo se evidencia una baja en las reservas internacionales que mantiene un país en divisas, de mantenerse la tendencia, en un corto plazo, el soporte a la moneda local dejará de existir y eso traerá consigo una fuerte devaluación que no es sino el mismo Estado sacándole dinero del bolsillo a sus habitantes. 

La fuerte devaluación redundará entonces en la caída del poder adquisitivo y el consecuente empobrecimiento de grandes mayorías.

Es así como ante esas tres campanadas de advertencia, el deber del hombre de la calle es en esencia el de proteger en forma urgente sus ahorros, no teniéndolos en moneda local sino más bien en divisas extranjeras.

¿Es esa una actitud apátrida o traidora si el dinero vino del trabajo y el esfuerzo? Para nada.

Incremento en el precio de acciones, inmuebles o mercancías: una situación con esas características es consecuencia de escaladas especulativas a las cuales los estados y gobiernos quizás no presten atención u oculten para mantener situaciones de bonanza, en favor de su popularidad.

Las más de las veces, los gobiernos tienen mucha responsabilidad en la formación y en los estallidos de burbujas financieras, pues tienden a alimentar con incentivos artificiales dichos mecanismos, incentivos tales como impulso a la masa de dinero en circulación, déficits del sector público o supervisión irresponsable a los sistemas financieros. 

Es así como en general funcionarios públicos tienden a tildar de saboteadores a quienes anticipan los estallidos de mercados especulativos.

Como reflexión final, consideramos que más que criticar o condenar a quienes ponen su dinero a salvo o a quienes anticipan crisis, las sociedades deben evolucionar a mayores grados de transparencia. 

Un elemento de transparencia que podría mejorar significativamente la calidad de vida del hombre es sin duda la divulgación en medios masivos de todas las decisiones y acciones tomadas por quienes detentan determinado grado de poder o poseen patrimonios personales superiores a ciertas sumas.

De esta forma, la población en general podrá reaccionar en forma anticipada a cualquier acción sospechosa o inmoral en función de no ser víctima.

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