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Benedicto XVI: una lección universal de humildad y compromiso
En los últimos 598 años de la milenaria historia de la Iglesia Católica no se había producido la renuncia de un Papa a seguir al frente de la máxima conducción de esta grey cristiana, la más numerosa del mundo y que representa cerca de 18% de la población del planeta.
Se trata de una decisión anunciada por el sumo pontífice Benedicto XVI para hacerse efectiva el jueves de la próxima semana. 

Una decisión sustentada en la Parte II del Código de Derecho Canónico, Canon 332, parágrafo 2, que textualmente señala: "Si el romano pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie".

Es obvio que esa redacción responde al reconocimiento del Papa como la máxima autoridad terrenal de la Iglesia Católica, por ello sus decisiones y, en especial esta de la renuncia al Papado, no requieren la aceptación de otras personas para que se reconozca su validez.

En un razonamiento profundamente humano y que revela su humildad personal y el gran sentido de compromiso para con los fieles de la Iglesia Católica universal, Benedicto XVI, el longevo pontífice de 85 años, quien fuera elevado  el 19 de abril de 2005 como el 265° patriarca de la Iglesia, a raíz de la muerte  de Juan Pablo II, explicó las razones de su renuncia señalando que, por su avanzada edad, ya no se encontraba en condiciones para ejercer esa inmensa responsabilidad.

La respuesta a nivel mundial, a este sorpresivo anuncio, se ha manifestado en forma casi unánime reconociendo las señales de grandeza y sentido de responsabilidad de este ilustre pontífice que, con su gesto histórico, ha dado una gran lección al mundo, manifestando  que por encima del gran poder espiritual que representa el ser la cúpula de la jerarquía eclesiástica están los intereses supremos de la Iglesia y de la feligresía global. 

Su  decisión, tal y como lo ha manifestado el cardenal Jorge Urosa Sabino, da un gran ejemplo y lección a quienes en el campo de la política y el gobierno de las naciones se aferran al poder por el poder mismo, sin tomar en consideración los sentimientos e intereses de sus gobernados. 

En igual sentido se ha pronunciado el Consejo Evangélico Venezolano, al calificar en un reciente comunicado, la renuncia del Papa como "un acto responsable y desprendido" y como "un testimonio de dignidad, bondad y respeto por aquellos a quienes servimos".

No hay dudas que Joseph Aloisius Ratzinger va a dejar una noble y profunda huella en la historia de la Iglesia y del Papado, no solo por lo antes señalado, sino además porque como primer Papa designado en este siglo supo entender las señales de los nuevos tiempos y advertir, en diversas ocasiones, sobre las peligrosas tendencias excluyentes de la globalización contemporánea, reclamando con firmeza la necesidad de ponerle rostro humano a ese proceso e incorporar la ética  en el sistema económico que lo sustenta.   

En efecto, en su tercera carta encíclica Caritas in veritate -Caridad  en la verdad-, emitida el 29 de julio de 2009, Benedicto XVI hace reflexiones profundas sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad, señalando que estos son los verdaderos valores del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. 

Al referirse al sesgo excluyente del proceso de globalización contemporáneo, a las asimetrías económicas generadas por el mismo y a lo que él denomina "el superdesarrollo derrochador y consumista" que no se compadece con los bolsones de miseria y hambre que aún persisten, el sumo pontífice critica la crisis económica mundial, indicando que la misma "se debe a una economía sin ética y a unas finanzas sin Dios", planteando un firme reclamo a las instituciones multinacionales como la ONU por sus ineficiencias en el cumplimiento de sus objetivos frente a la inmensa crisis que azota a múltiples países y que amenaza con globalizarse, profundizando la brecha entre ricos y pobres, la pobreza extrema, el drama del trabajo precario, la crisis medioambiental y el irrespeto a los derechos humanos y los peligros que de todos estos males se derivan para la democracia. 

Han sido muy valiosos y oportunos los clamores del pontífice por una globalización compartida y una economía solidaria y por una reforma de la ONU y una autoridad mundial capaz de enfrentar eficientemente los cambios en la globalización, recalcando que la ética y la dignidad humana debe ser el centro de los procesos de desarrollo. 

Son propuestas especialmente válidas cuando empiezan a resurgir fórmulas fracasadas del pasado que, en su afán totalitario, solo han llevado a los pueblos que las han sufrido más miseria y más violaciones de los derechos humanos y más retroceso económico. 

Es por ello que Benedicto XVI plantea la necesidad de reorientar la globalización para corregir las desviaciones en el desarrollo económico y afirma que la globalización "no es a priori ni buena ni mala"  y que "la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no una ética cualquiera, sino una ética amiga de la persona". 

Han sido mensajes de mucha actualidad de un Papa que quedará en la historia del cristianismo como uno de los más esclarecidos intelectuales y teólogos contemporáneos.


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