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Comunas, democracia participativa y capital social: un debate necesario /II
En nuestra entrega anterior alertábamos sobre la inconstitucionalidad y los peligros para nuestra democracia de concretarse el Estado comunal que se pretende imponer, a pesar de que más de la mitad de los venezolanos rechaza ese modelo excluyente y autoritario que ha fracasado, con nefastas consecuencias, en todos los países donde se ha ensayado.
El peligro es aún mayor cuando uno de los burócratas co-redactor del Reglamento de la Ley Orgánica de Economía Comunal y asesor del ministro responsable de ese programa, confesó recientemente en entrevista en este mismo medio, que: "Esto es experimental, en el buen sentido del término", como si jugar con la economía del país y sus instituciones fuera un alegre pasatiempo. Por ello, debemos recordar los dramáticos fracasos del sistema de comunas e insistir en la  necesidad de que la dirigencia sensata del país promueva un debate objetivo frente a este delicado tema. Debate que  no puede limitarse a la crítica estéril a esos intentos gubernamentales de imponer recetas fracasadas del obsoleto socialismo real, sino que debe concretarse en formular una nueva visión de la política y de la forma de administrar el país, cimentada en los ajustes que requiere la democracia y la economía para acoplarse a las nuevas realidades globales de la sociedad de la información y el conocimiento y a las demandas de sistemas e instituciones más participativas y transparentes de gobierno y de gestión política que preserven la plena libertad del ciudadano y su derecho a ser protagonista de su propio desarrollo.

El fracaso de las comunas y del totalitarismo tienen en China             -país que ahora tanto admira el gobierno venezolano- uno de los ejemplos emblemáticos,  producto del empeño mesiánico de Mao Tse-Tung de establecer, a lo largo de tres décadas, desde los años 50,  el socialismo real  como paso al comunismo, mediante una sangrienta revolución, impulsando la colectivización de la producción, el sistema de comunas y la eliminación de la propiedad privada. Todo ello forzado a través de las "milicias populares" y "guardias rojos" y exterminando a los oponentes, en un proceso signado por el culto exacerbado a la personalidad del caudillo rojo; lo que, al final, generó un estado de esquizofrenia social y resultó en un fiasco  organizativo y económico, con las dramáticas consecuencias  referidas en nuestro artículo anterior. 

Por ello, luego de la desaparición de Mao, su sucesor Deng Xiaoping impulsó un nuevo rumbo al desarrollo chino que hasta ahora se ha mantenido, sustentado en una economía abierta y de mercado, lo que ha permitido que ese gigante asiático haya logrado los importantes avances económicos que hoy refleja. Pero igualmente, y en términos más cercanos en el tiempo y la distancia, tenemos el modelo colectivista cubano, cuyo caudillo máximo y luego de más de 50 años de ese régimen, ha confesado públicamente que dicho modelo "no le sirve ni a los cubanos".

Lo que está planteado entonces es una revaluación  de la dirigencia y de las instituciones del país para contrarrestar esas amenazas antidemocráticas, con propuestas progresistas y que respondan a las necesidades de modernizar la democracia e impulsar un desarrollo no rentista y que debe estar signado por un profundo sentido humano. 
Ello supone reformular el papel de los partidos políticos como pilares de una genuina democracia participativa, superando el déficit ideológico de los mismos (tanto de los tradicionales como de los más recientes) para que, por encima del inmediatismo mediático y de su funcionamiento pragmático, sólo en respuestas a procesos electorales y a debates estériles internos por el control de "la maquinaria", se transformen deslastrándose de sus rígidas y agotadas estructuras jerárquicas y burocráticas, en nuevas organizaciones con sólidos principios y valores y mecanismos flexibles y horizontales de funcionamiento, capaces de impulsar,  con la activa participación de su militancia, la acción política responsable y transparente. 

Esto supone superar la crisis de liderazgo y de representatividad que afecta a nuestra sociedad y que se refleja en la pérdida de importancia de las normas y valores que soportan al viejo modelo político y a la gobernabilidad democrática, lo que explica el colapso que, en las últimas décadas, han sufrido los partidos políticos tradicionales y sus líderes y el surgimiento de nuevas organizaciones y grupos de presión de la sociedad civil, representativos de la renovación, tanto en el estilo operativo, como en la estructura de la actividad política, en respuesta a la inercia de las agrupaciones caudillescas y a vetustas macroestructuras  clientelares de la tradicional democracia representativa.
Frente a las recurrentes amenazas del autoritarismo y al debilitamiento de la democracia tradicional, se requieren nuevos liderazgos que no se orienten por el inmediatismo pragmático y las tentaciones mediáticas, sino que sean capaces de satisfacer las exigencias de la gobernanza democrática y del componente ético que demandan las nuevas formas de hacer gobierno y de hacer política, en una verdadera democracia participativa; es decir, una democracia de ciudadanos, con sólidos valores de capital social y cultura de la participación, de la solidaridad y del trabajo comunitario, como principios que inmunicen a nuestra sociedad frente a los vicios del rentismo, del populismo y del clientelismo político y se constituyan en infranqueable barrera frente al caudillismo mesiánico y totalitario. 

Para lograr estos cambios fundamentales se requieren  líderes políticos visionarios que -parafraseando a Winston Churchill-  actúen como estadistas,  pensando más en las próximas generaciones que en las próximas elecciones.

jmoreno@unimet.edu.ve
Director General del Celaup 
www.unimet.edu.ve > celaup
twitter: morleo

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