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Conflictos políticos y diálogos de paz: lecciones históricas
El siglo pasado dejó en la historia de la humanidad una oscura secuela de conflictos bélicos y de regímenes autoritarios que causaron muerte, destrucción y miseria en los pueblos que los sufrieron. Conflictos que, no obstante, al final fueron resueltos por diferentes vías.
Fue así como logró imponerse -en la mayoría de los casos- la institucionalidad democrática en lugar del militarismo, autoritarismo y caudillismo. Y así privó la paz por encima del conflicto inútil y desgastante.

Algunos de estos dramáticos conflictos históricos concluyeron con la aplastante derrota de una de las partes beligerantes, tal fue el caso de Adolfo Hitler y su empeño por imponer el nazismo que arrastró al pueblo alemán a la humillante derrota con la que concluyo la Segunda Guerra Mundial. Por ese esquizofrénico intento de conquista y depuración racial Hitler provocó, entre 1939 y 1945, la muerte de más de 12 millones de seres humanos entre los campos de concentración, los de exterminio, y como consecuencia del conflicto bélico. La Alemania de la postguerra supo levantarse de las ruinas y enrumbarse -a corto plazo en la Alemania Occidental- hacia la construcción de una sólida democracia basada en el consenso del liderazgo político y de la sociedad. Así se logró en una primera etapa el desarrollo de un exitoso modelo de economía social de mercado, mediante el cual pudo facilitarse, en 1989, la unificación del país, con la incorporación de la Alemania Oriental que para esa fecha se mantenía aún en ruinas bajo el régimen comunista soviético. Hoy en día la República Federal Alemana, gracias a la política de concertación y consenso, representa la más pujante economía de Europa con una sólida institucionalidad democrática.

En Sudáfrica, la solución al conflicto que sufrió como consecuencia de la discriminación racial, impulsada desde 1948 como política de apartheid por un gobierno de minoría blanca contra la mayoría de la población negra de ese país, representa otro ejemplo de solución de un conflicto nacional mediante el diálogo y la concertación. Fue el arzobispo anglicano y premio Nobel (1984) Desmond Tutu quien, designado por el presidente Nelson Mandela, se convirtió en el protagonista de un largo, paciente y exitoso proceso de negociación que permitió erradicar de ese país la lacra del apartheid.  El obispo Tutu y el presidente Mandela lograron la reconciliación de ese país africano que, desde hace casi dos décadas, goza de un sistema democrático, de un sostenido progreso y es hoy la mayor economía del continente.

En América Latina, el Acuerdo de Paz de Chapultepec, firmado hace 22 años entre el gobierno de El Salvador y el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (Fmln), con el cual se cerró un sangriento periodo de 12 años de guerra civil que le causó a ese país cerca de cien mil muertos y más de ocho mil desaparecidos, fue otro ejemplo de cómo es posible lograr la paz y la concordia, a través de la concertación entre las partes beligerantes. Fue un acuerdo que le permitió a El Salvador el rescate de su democracia y el libre juego de la alternabilidad política, factores claves del progreso económico que ha logrado ese país.

En Chile, la Concertación de Partidos por la Democracia, coalición de centro-izquierda que se concretó en 1988, ha sido otro ejemplo exitoso de acuerdos políticos que permitió acabar con la dictadura del general Pinochet y recuperar el sistema democrático de ese país austral. Fue así como Chile logró consolidar un firme proceso de fortalecimiento institucional y de dinámico desarrollo económico. A ese histórico acuerdo político se llegó luego de que el intento de imponer un sistema de socialismo castrista, por el fallido gobierno de Salvador Allende, desembocara en el gobierno dictatorial que durante 17 años subyugó al pueblo chileno.

En España, la reciente muerte de Adolfo Suárez nos trae a la actualidad otra referencia histórica de cómo el diálogo y la concertación en una sociedad en crisis permiten rescatar la paz y la convivencia. Adolfo Suárez representa para su país y el mundo una notable lección de cómo auspiciar la concordia frente a una comunidad nacional anarquizada y con graves enfrentamientos. Recordemos la conflictiva realidad que vivía la sociedad española producto de la guerra civil y de la dictadura franquista que le siguió. Los españoles se habían enfrentado desde 1936 y hasta 1939 en una sangrienta lucha fratricida entre republicanos y el ejército franquista que generó cerca de medio millón de muertos. A raíz de la derrota republicana, con la dictadura de Franco se inició en el país un duro proceso de ajuste de cuentas que en diez años provocó 50 mil penas de muerte y masivos encarcelamientos de presos políticos. Entre 1976 y 1981, a raíz de la muerte del dictador y con el apoyo del joven Rey Juan Carlos, en un entorno de terrorismo político y crisis económica, al Primer Ministro democráticamente electo, Adolfo Suárez, le correspondió liderar un exitoso proceso de diálogos de paz y concertación. Dicho proceso incluyó la amnistía de presos políticos, lo cual permitió que España retornara progresivamente a la democracia y, mediante el llamado “Pacto de la Moncloa”, se enrumbara hacia un franco camino de recuperación económica.  En diciembre de 1978, Suárez logró igualmente la aprobación por referendo de la Constitución para el nuevo Estado español, con sólido contenido democrático, social y de derecho. 

En la catedral de Ávila, el mausoleo que desde el primero de abril de 2014 guarda los restos de Adolfo Suárez está sellado con una frase lapidaria, la cual reza: “La Concordia fue posible”. Y es que, a pesar de la crispación política que vivía la España de la postguerra y durante la dictadura franquista, la habilidad de ese líder de la Paz logró el reencuentro de la sociedad española. Parafraseando a Suárez, diríamos que la concordia sí es posible, pero sólo cuando las facciones en conflicto se deslastran de pretensiones hegemónicas, autoritarias y excluyentes, cuando las partes actúan de buena fe y en función del supremo interés nacional. Y es que la otra opción es el caos, el desastre económico y la anarquía social. Martín Luther King, razón tenía cuando señalaba que: “a menos que aprendamos a vivir juntos como hermanos, estaremos condenados a morir juntos como estúpidos.” En Venezuela, ante nuestro presente, queda pendiente la pregunta sobre la fecha de llegada de la concordia.

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