diccionario de economía
 


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Crisis financiera mundial y síndrome del avestruz
El pasado 9 de noviembre se cumplieron 22 años del derrumbe físico y político del Muro de Berlín, como producto de la presión popular que marcó una serie de acontecimientos provocando, al final, la implosión del férreo sistema comunista impulsado por la llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (Urss).
Fueron eventos que se sucedieron en rápida secuencia entre 1989 y 1991, poniendo fin a la llamada época de la Guerra Fría o del mundo bipolar que se había iniciado, luego del cese de hostilidades de la Segunda Guerra Mundial, en 1945.

Estos acontecimientos marcaron un punto de inflexión en el devenir de la sociedad contemporánea por las expectativas de paz y de  promisorios horizontes que, desde el principio de la década de los 90, se plantearon  entusiastas estudiosos de estos temas como Francis Fukuyama, quien en 1992 publicó su controversial obra El fin de la historia y el último hombre, en la que anunciaba que ya la historia no se escribiría como recuento de luchas ideológicas, pues se estaba dando inicio a un mundo neoliberal unipolar que marcaría el desenvolvimiento de la economía y la política, ante el fracaso de las utopías,  del socialismo real y del comunismo soviético. Quedaba así el camino libre al triunfante capitalismo, al liberalismo como sistema político y a la democracia liberal como forma óptima de gobierno.

Sin embargo, la evolución de los acontecimientos en las últimas décadas ha cambiado de manera significativa esas expectativas optimistas. Para algunos todo fue un espejismo y en la actualidad vemos cómo se ha retornado a la competencia entre las grandes naciones con el resurgimiento de Rusia, la acelerada expansión de China, la Unión Europea, Japón, India, Brasil, Irán y los Estados Unidos, país  este que originalmente se supuso que sería el centro de ese anunciado mundo unipolar. Pero el contraste más resaltante frente al supuesto fortalecimiento y hegemonía del capitalismo liberal, lo ha representado la crisis financiera  iniciada en 2008 con los fraudes millonarios y la burbuja  inmobiliaria que provocaron el colapso de Wall Street, con profundas repercusiones desestabilizadoras, no sólo en la economía de los Estados Unidos, sino también en la de varios países europeos,  lo que ha provocado serios cuestionamientos a la economía de libre mercado por la poca ética en su visión de los negocios y su sesgo excluyente que,  a nivel global, ha generado la mas grande desigualdad desde la Gran Depresión; todo ello ante la mirada complaciente de gobiernos poco afectos a las regulaciones, a pesar de los abusos y actuaciones poco transparentes y sin sensibilidad social de muchos actores económicos.

Lo preocupante es que, a pesar de las graves repercusiones de la crisis, la comunidad de expertos no parece aún tener conciencia de las raíces de esta endemia que está poniendo a la economía global al borde del estancamiento. Además se hace  evidente la gran capacidad de influencia que, en defensa de sus intereses crematísticos, tienen importantes sectores financieros y corporaciones multilaterales que se aferran a la ideología  de los mercados libres y sin restricciones y, cual síndrome del avestruz, pretenden esconder el fracaso de la visión neoliberal del capitalismo contemporáneo. Mientras, países como Grecia, Italia, Portugal y España, se encuentran al borde de la quiebra económica, con gobiernos que colapsan como el italiano y el griego, con alarmantes cifras de desempleo y crecientes críticas a su institucionalidad política y a su  liderazgos. Críticas que claman por cambios en los valores convencionales del individualismo, el consumismo, la falta de ética y las tendencias depredadoras del ambiente.

Frente a la crisis financiera global no es posible seguir aplicando las convencionales recetas economicistas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, de nefastas consecuencias en los países en desarrollo en los años  80. Se requiere un nuevo paradigma que preserve las virtudes del mercado, pero con la necesaria presencia del Estado en resguardo del supremo interés de la persona humana y la justicia social. Es decir un modelo que incorpore como valores relevantes la ética, la solidaridad, la calidad de vida y el interés planetario. La Unión Europea, los organismos multilaterales y las nuevas autoridades del alto gobierno como Papadimos y Monti de países como Grecia e Italia, no pueden ignorar las causas  que han postrado esas economías. 

Tienen que haber aprendido las lecciones del fracaso del capitalismo neoliberal.  Tienen que entender que la crisis sólo puede resolverse impulsando políticas de mayor igualdad, estableciendo regulaciones más eficientes para garantizar un mejor equilibrio entre el mercado y el Estado y promoviendo la solidaridad como fundamento para un mundo más igualitario. Si no se procede con ese enfoque humano, la crisis y el estancamiento económico van a acentuarse, los indignados alzarán su voz más fuerte  y el mundo puede volver a caer en la tentación de las fórmulas fracasadas del pasado que, en el empeño de implantar,  con autoritarismo socialista,  una supuesta sociedad igualitaria, sólo han generado, hambre, miseria y  violación de los derechos humanos.

jmoreno@unimet.edu.ve
Director General del Celaup
www.unimet.edu.ve >CELAUP

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