diccionario de economía
 


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Cultura de paz y democracia
En entregas anteriores hemos insistido en la idea de ponerle sentido humano a la globalización y al progreso que está generando este proceso, en el que se están construyendo las bases de la sociedad postmoderna.
Ello supone entender la necesidad de acentuar la dimensión humana del desarrollo y los componentes éticos y axiológicos que deben guiar todos los esfuerzos para el avance de la sociedad, en un entorno de paz, tanto en el aspecto económico, como científico, tecnológico y cultural. 

Por ello, Juan Pablo II proclamaba hace más de una década que la simple ausencia de guerra no es sinónimo de una verdadera paz y afirmaba textualmente que "No hay verdadera paz si no viene acompañada de equidad, verdad, justicia y solidaridad".  Solo así es posible el progreso compartido. Solo así se puede lograr reducir la conflictividad social, la violencia, las amenazas bélicas y los autoritarismos que caracterizan a la sociedad contemporánea.

En esta segunda década del siglo, se han incrementado en varias regiones los movimientos en contra del sesgo economicista y excluyente de la globalización y de promoción de la democracia frente a regímenes autoritarios históricos. Fue así como surgieron los movimientos de los llamados indignados, que aún se mantienen reclamando políticas más justas en los procesos de ajuste económico y regímenes democráticos más participativos y transparentes. 

Estos movimientos, sin ningún cariz ideológico preciso, se iniciaron en mayo del año pasado en la capital española y como reguero de pólvora, y en forma espontánea, se extendieron por diversas áreas del planeta, incluyendo Inglaterra, Grecia, Italia, otros países europeos, suramericanos y los Estados Unidos. Movimientos similares pero con énfasis fundamental en la  promoción de la democracia y frente a regímenes dictatoriales, militaristas y corruptos, conforman la llamada "primavera árabe", que se inició en Túnez con la inmolación del joven vendedor ambulante Mohamed Bouazizi, que provocó el movimiento de indignación que dio al traste con el dictador de ese país y luego se extendió  a Egipto, Libia, Siria, Yemen y otros países de la península arábiga y del Magreb. Notables han sido igualmente las manifestaciones en Rusia, donde miles de ciudadanos cuestionan la poca transparencia de sus elecciones y la rampante corrupción gubernamental.

A estos acontecimientos hay que agregar la inestabilidad política reinante en Irak, que se ha incrementado con la salida de las tropas norteamericanas y la conflictiva situación del Golfo Pérsico, alimentada por las amenazas belicistas del régimen fundamentalista islámico de Irán, sustentadas en sus planes de desarrollo nuclear.

Frente a todas estas preocupantes realidades, no hay dudas que se hace perentorio propiciar una cultura global de paz y una democracia verdaderamente participativa y civilista, como respuesta a esas amenazas que, de desbordarse,  podrían poner en peligro la sustentabilidad de la vida humana en el planeta. Para promover esa necesaria cultura de paz es importante estar consciente de que la misma no puede construirse en el vacío y que es imposible pretender educar para la paz, si no entendemos que, en gran medida, los problemas que en la sociedad contemporánea atentan contra la paz, tienen que ver con los jinetes apocalípticos de la hambruna global, la crisis medio ambiental, la crisis de valores y del modelo economicista, que solo pueden solventarse promoviendo un nuevo humanismo que asegure el progreso sostenible y compartido, en un entorno de convivencia democrática, de plena libertad y de solidaridad social.

En estudios sobre el tema, se habla de los diversos significados de la paz, señalando que en Occidente la versión predominante es la de la paz negativa, que enfatiza la ausencia de guerra y de violencia directa o agresiones físicas, según la cual promover la paz sería solo evitar los conflictos y luchas armadas. Mientras que la paz positiva supone minimizar la violencia y los conflictos, auspiciando la armonía social, la igualdad y la justicia, lo que no implica el rechazo del conflicto, sino la educación para oponerse a la violencia y aprender a solventarlos de manera pacífica y justa.

En el crispado escenario social venezolano, el llamado a la paz se hace perentorio cuando nos estamos adentrando en el más complejo proceso electoral de nuestra historia democrática. Para ello es necesario entender que para que opere el libre juego democrático y se preserve la paz, no puede recurrirse a epítetos escatológicos para descalificar  al adversario, señalándosele como enemigo, como si se tratara de una confrontación bélica y tratando de amedrentarle con desplantes militaristas que en nada contribuyen a la paz y socavan los basamentos de una  genuina  contienda democrática. 

No es con intolerancia ni discriminación que se construye la paz. Ni con el perverso adagio castrense "si quieres la paz, prepárate para la guerra". La paz se construye, como señala Federico Mayor, con una cultura de diálogo y conciliación, como corresponde a una sociedad civilizada y democrática.
jmoreno@unimet.edu.ve 

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