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Davos, Francisco y la desigualdad
Como ya es de conocimiento generalizado, el Fondo Económico Mundial concluyó su reunión anual el sábado 25 del pasado mes de enero con resultados poco exitosos, producto de la incoherencia que mostraron los participantes más notorios, entre ellos la canciller alemana Ángela Merkel y la directora gerente del Fondo Monetario Internacional Christine Lagarde.
Se comenta que estas importantes personalidades no fueron acertadas en sus diagnósticos frente a la persistente crisis del modelo capitalista actual, en el que se han acentuado los graves problemas que confronta la sociedad global del siglo XXI. Tampoco se observó en ese encuentro la disposición de impulsar los cambios necesarios y requeridos con urgencia para enfrentar esa crisis, para evitar el resurgimiento de viejos y fracasados modelos económicos y de gobiernos totalitarios.

A esa edición 44 del Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) asistieron alrededor de 2.500 participantes de más de 100 países y 1.400 organizaciones con 1.600 líderes empresariales, así como más de 45 Jefes de Estado y de gobierno. En esa ocasión hubo poca representación de Latinoamérica y de los Estados Unidos. Ante ese importante auditorio se planteó, además de otros temas relevantes, la discusión sobre un interesante documento, el cual aparentemente tuvo poca resonancia y repercusión en los múltiples medios que cubren tradicionalmente ese evento anual que se ha convertido en la cumbre de los líderes promotores del libre mercado que soportan las tendencias actuales de la globalización y mundialización de la economía. El referido documento trata del estudio que, con el muy indicativo título: “Gobiernos para las elites. Secuestro democrático y desigualdad económica”, presentó la prestigiosa organización no gubernamental Oxfam, como informe central del Foro. En el cual se denuncia la extrema desigualdad que a nivel global se ha acentuado en las últimas décadas, la cual, además de ser moralmente cuestionable, representa una pesada rémora para el crecimiento económico a largo plazo y por tanto dificulta la reducción de la pobreza e implica un grave riesgo para la gobernabilidad democrática.

Las cifras del uniforme Oxfam reflejan de manera dramática la realidad denunciada: 1% de las personas más ricas del planeta poseen tanta riqueza como la del total de 99% de la población mundial. Siete de cada diez personas viven en países donde la desigualdad económica ha aumentado en las tres últimas décadas. En el caso de los Estados Unidos, el 1% más rico ha acumulado el 95% del crecimiento total, posterior a la crisis desde 2009, mientras que el 99% de la población restante se ha empobrecido aún más.

En el Informe se señala que la desigualad económica extrema representa en muchos países un peligro por los efectos que la alta concentración de riqueza puede tener para la equidad en la representación política. Se señala que cuando los grupos de poder económico se apropian de la elaboración de políticas gubernamentales, se generan leyes que tienden a favorecerlos, incluso a costa del resto de la sociedad, con lo cual se afecta la gobernabilidad democrática y la cohesión social, desapareciendo la igualdad de oportunidades. Sin embargo en el Informe se aclara que la desigualdad extrema se puede combatir con políticas fiscales progresivas, protección social eficiente y generación de empleos dignos, tal como se viene logrando en unos pocos países latinoamericanos y en el caso Ghana, país que viene aplicando con éxito estos programas apoyado en sus recursos petroleros.

El grave problema de la creciente desigualdad que, con sus tendencias excluyentes, ha venido generando el modelo economicista actual ha sido también preocupación de la Oecd, en cuyos estudios al respecto se indica que en países como México, Chile, Turquía y los Estados Unidos ese fenómeno se presenta de manera aguda.

Frente al drama social de la creciente desigualdad fueron muy oportunas las reflexiones del Papa Francisco quien, al inicio de la reunión del Foro de Davos y luego del discurso inaugural del presidente y fundador de ese Foro, Klaus Schwab, hizo presente sus ideas a través del documento que en su nombre leyera el Cardenal Peter Torkson. En ese mensaje, el líder del catolicismo global reconoce los aportes de la economía moderna al avance de la humanidad, pero además denuncia las tendencias excluyentes del modelo y pide a los jefes de gobierno y líderes empresariales mundiales que promuevan un enfoque inclusivo del desarrollo económico, tomando en cuenta a la persona humana y el bien común, así como la responsabilidad social. En sus reflexiones el Papa Francisco aboga por una mejor distribución de la riqueza, el incremento de fuentes de empleo y políticas para combatir la pobreza y la desigualdad. Por ello, en su mensaje a los dirigentes mundiales del Foro, el Papa les pidió poner la experiencia y el ingenio al servicio de los pobres para asegurar que la humanidad sea servida por la riqueza y no dominada por ella. Diríamos que el Papa reclama el cambio del modelo actual de un capitalismo excluyente y salvaje por un paradigma de desarrollo inclusivo y con rostro humano, condición impostergable para lograr la justicia social y preservar la gobernabilidad democrática. Razón tenía Louis Brandies, antiguo miembro del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, cuando en su famosa cita señalaba: “podemos tener democracia o podemos tener la riqueza concentrada en pocas manos, pero no podemos tener ambas”.

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