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Francisco, la paz y sus circunstancias
La conflictiva realidad política que vive Venezuela ha estado copando, como noticia estelar, los medios de información a nivel global, poniendo a prueba, además, la eficacia de los novedosos instrumentos de la comunicación virtual que, anclados en Internet, se han generados en las últimas décadas, producto de la revolución de las telecomunicaciones que caracteriza las nuevas realidades globales.
Estos preocupantes eventos domésticos cuya atención ha desbordado nuestras fronteras, no han escapado a la observación del máximo jerarca de la Iglesia católica, el Papa Francisco, el jesuita argentino quien tiene ahora la inmensa responsabilidad de liderar los cambios fundamentales que requiere la grey cristiana y la profundización del compromiso de la Iglesia con procesos de desarrollo que erradiquen los graves problemas que aquejan a la humanidad. Retos que son más relevantes frente a la realidad latinoamericana, región que alberga más del 40% de los católicos del mundo y que, a la vez, presenta la más elevada desigualdad social del planeta, notables niveles de pobreza e inestabilidad política.

El Papa Francisco, el pasado 26 de febrero, con motivo de la tradicional audiencia vaticana de los miércoles clamó por el cese de la violencia en Venezuela pidiendo que los políticos y las instituciones del país se comprometan en un “diálogo sincero” para lograr “una justicia que aporte temas concretos para el bien común”. Pero para comprender ese clamor de Francisco, en su justo significado, es necesario ahondar en su pensamiento y en la formulación de propuestas y documentos fundamentales en los que, como obispo y cardenal latinoamericano, ha participado en forma protagónica frente a los diversos problemas que vive la región. Ello nos remite a la V Conferencia General del Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe (Celam), celebrado en 2007 en la ciudad brasileña de Aparecida, en la que, el para entonces cardenal argentino Jorge Bergoglio, desempeñó una tarea fundamental en la redacción del documento que recoge las conclusiones de ese importante encuentro de la jerarquía católica regional y refleja el pensamiento y propuestas que orientan la misión del ahora Papa Francisco.

“Los pueblos latinoamericanos tienen derecho a vida plena... con condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de todas formas de violencia”. Así se postula en la introducción del documento de Aparecida. Igualmente se consideran los grandes cambios que están ocurriendo a nivel mundial en todos los ámbitos del quehacer humano. Se señalan también los sesgos excluyentes de la globalización contemporánea que se expresan en la injusticia, las inequidades estructurales y la pérdida de valores. Frente a estas circunstancias, la influencia de Bergoglio se refleja en el documento de Aparecida cuando se plantea la promoción de la dignidad humana y se reafirma la opción preferencial por los pobres y excluidos, como temas que han estado presentes en diversos discursos del ahora Papa Francisco, con especial referencia a la situación social de los países de América Latina. Por cierto el Banco Mundial, en reciente informe advierte que el crecimiento de algunos de los países de la región no se refleja en una reducción significativa de la pobreza, ni en mejoras notables en la calidad de vida y bienestar de la población.

En sus frecuentes expresiones públicas el Papa Francisco se alinea igualmente con las propuestas de Aparecida en el llamado a una mayor participación de la Iglesia en el debate público -y así lo practicó como Cardenal de Argentina-. Por ello son notables sus señalamientos críticos de la corrupción y reclamos por la integridad moral de los políticos. Igualmente advierte sobre los vicios de la globalización y clama por un proceso y un modelo económico que privilegie la dignidad y los derechos de todos, incluyendo a quienes sobreviven marginados del mercado. Así se postula en Aparecida cuando se señala que: “El objeto de la economía es la formación de la riqueza y su incremento progresivo, en términos no sólo cuantitativos sino cualitativos; todo lo cual es moralmente correcto si esta orientado al desarrollo global y solidario del hombre y de la sociedad donde vive y trabaja”. También se clama por “nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan las prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales”.

Cuando en Venezuela se está planteando la urgencia de la pacificación nacional y la necesidad de consensos básicos para asegurar la gobernabilidad democrática, el llamado a la no violencia y al “diálogo sincero” que nos hace Francisco, nos lleva de nuevo al documento de Aparecida que nos hablaba de la necesidad de fomentar estructuras justas que son indispensables para lograr un orden justo en la sociedad, para lo cual se requiere un consenso moral sobre valores fundamentales y el respeto a los derechos humanos, condiciones básicas para facilitar el diálogo y lograr la Paz en circunstancias plenamente democráticas. Por ello en el mensaje de Aparecida el Cardenal Bergoglio y los demás obispos de la V Conferencia del Celam urgen educar para la Paz y comprometen a la Iglesia en “la consolidación de las frágiles democracias y el positivo proceso de democratización de América Latina y el Caribe” frente a las amenazas y desvaríos autoritarios recurrentes en la región, por lo cual se señala la urgencia de construir un orden social, económico y político donde exista equidad y posibilidades para todos y se logre la convivencia humana, al margen de la prepotencia de algunos y en ambiente de diálogo constructivo para alcanzar los necesarios consensos sociales.

Bergoglio en Aparecida, ahora Papa Francisco, en su mensaje a los venezolanos nos está indicando que solo con esas directrices lograremos la Paz, la convivencia, y evitaremos caer en modelos fracasados como el totalitarismo marxista con sus secuelas de colapso económico y violación de los derechos humanos o el economicismo idolatra del mercado, generador de inequidad social, del consumismo hedonista e individualista y de otros vicios que degradan la dignidad humana. No cabe dudas entonces que la Paz estable solo podemos alcanzarla los venezolanos cuando los diversos grupos renuncien a sus intereses mezquinos y oportunistas, a posiciones autoritarias, cuando rompamos con los vicios del rentismo y el populismo, y logremos los consensos necesarios para enrumbar el país por el sendero del desarrollo productivo, participativo y solidario, en un entorno de genuina democracia participativa y de absoluto respeto a los derechos humanos.

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