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Francisco y su compromiso con los pobres
La Iglesia Católica, la más antigua institución, con una población de fieles cercana a los 1.200 millones de personas, 17% de la población mundial, tiene en su más elevada jerarquía una especial inteligencia para la toma de decisiones, cuando las mismas revisten gran trascendencia para la propia organización y para el conglomerado humano, en general.
Prueba de lo anterior ha sido la designación del jesuita y cardenal argentino de origen italiano, Jorge Mario Bergoglio, como sucesor de Benedicto XVI.

Varios nombres de cardenales surgieron en los foros de discusión pública que precedieron mediáticamente el pasado cónclave para la escogencia del nuevo pontífice que debe regir la cátedra de Pedro, en estos tiempos de globalización y de grandes problemas, a nivel planetario; pero en casi ninguno de ellos, el nombre del prelado argentino fue mencionado, por lo que su designación generó una gran sorpresa, por ser además el primer papa latinoamericano.

Este acontecimiento nos recuerda lo sucedido con la elección de Karol Wojtyla, uno de los más ilustres pontífices de los tiempos modernos, cuya escogencia representó una muy inteligente decisión geopolítica de la jerarquía cardenalicia de entonces, la cual se corroboró con el histórico papel que Juan Pablo II, el papa polaco, desempeñó en los tiempos decisivos que dieron al traste con la Unión Soviética y el sistema comunista, poniendo fin a la llamada era de la Guerra Fría. 

No es difícil encontrar coincidencias entre el cónclave de entonces y el que acaba de dotar a América Latina y al mundo de un primer papa de esta región, que congrega la mayor concentración de católicos del planeta. 

El nuevo máximo jerarca, quien adoptó el nombre pontificio de Francisco, sin aceptar ningún agregado, ya que en su humildad y sencillez no considera el papado como una monarquía, ha elevado su orden jesuita -la más numerosa y de mayor ascendencia en el catolicismo- al papel de liderizar los grandes retos que debe enfrentar ahora la Iglesia Católica, para llevar, con una visión ecuménica, el mensaje de la doctrina cristiana a una comunidad global que está ansiosa de justicia y paz.

Pero quizás el mayor desafío apostólico del papa Francisco lo tiene en su propia región latinoamericana, en donde la población católica, que se había incrementado hasta llegar a 39% de la comunidad católica mundial, ha venido experimentando, en las últimas décadas, un preocupante decrecimiento, ya que de representar 90% de los habitantes de la región en 1910, para 2010 había caído a 72%, lo que indica un debilitamiento del catolicismo latinoamericano, que le impone a la jerarquía eclesiástica local el mandato de acentuar su prédica evangelizadora. 

Pero América Latina también se presenta, a escala global, como la región más desigual del planeta, con cinco de los 10 países más desiguales del mundo ubicados en esta área; es decir que a pesar de que se han registrado algunos avances en el crecimiento económico regional, los pobres de América Latina continúan siendo los marginados del progreso. 

La crisis de valores y principios es otro de los temas preocupantes que aquejan a la sociedad latinoamericana y que, unida al problema de la pobreza y la desigualdad, se asoma como la más seria amenaza a la gobernabilidad democrática y la paz social. 

Esa crisis, identificada fundamentalmente con el morbo de la corrupción, que según el presidente del Banco Mundial, representa un pesado impuesto regresivo para los pobres y es un "lento asesino del desarrollo", se ha venido acentuando en las últimas décadas y coloca a varios de los gobiernos y otras instituciones de la región entre las más corruptas del planeta.

Francisco, a quien ya identifican como "el papa de los pobres", es un pontífice de gran profundidad intelectual, sencillo y dialogante, pero abierto al mundo, preocupado por el entorno ecológico y comprometido con la justicia social; ya antes en su episcopado había dado muestras de su opción por los pobres y con posturas críticas frente a posiciones gubernamentales totalitarias y políticas populistas violadoras de la dignidad humana, manifestando igualmente criterios muy firmes en lo económico frente al sesgo excluyente de la globalización contemporánea y propiciando la necesidad de un crecimiento compartido y solidario fundamentado en la cultura del trabajo y la cultura política.

Por todo lo anterior, no hay dudas que Francisco, al igual que lo fue en su oportunidad Juan Pablo II, va a ser un gran conductor de la Iglesia Católica y está llamado a impulsar en América Latina profundos cambios de conciencia frente al deterioro moral y político y ante las amenazas que se ciernen sobre la institucionalidad democrática de la región con el resurgimiento de tendencias neopopulistas y autoritarias y la falta de propuestas económicas adecuadas para lograr, con una economía solidaria, un crecimiento sostenido e inclusivo, que se refleja en la marcada reducción de la pobreza y la desigualdad. 

Es por ello que en el discurso de inauguración de su papado, Francisco ha reclamado la defensa del medio ambiente y de los más débiles de la sociedad, como única forma de evitar el camino hacia la muerte y la destrucción. Es el anuncio de una agenda pontificia de profunda trascendencia y de gran pertinencia, dados los complejos tiempos que vivimos actualmente, a nivel continental y global.

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