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JGH: 150 años del nacimiento de un científico santo
“Su elevación a los altares es gloriosa ocasión para fortalecer los valores que tanto requerimos”
En los convulsos tiempos que estamos viviendo en Venezuela, con una crisis de valores reflejada en el desprecio por la excelencia y la sólida formación profesional, que es posición manifiesta de aquellos que inclusive, con razonamientos absurdos, critican la diáspora de jóvenes profesionales y académicos hacia otros países, especialmente médicos y científicos en la búsqueda de mejores condiciones para su desarrollo, consideramos oportuno hacer una breve semblanza de un venezolano de excelencia quien no solamente fue un eminente académico, docente y científico de las ciencias médicas, sino que además fue un ser humano de sólidos principios éticos y valores cristianos que fueron la guía de su brillante carrera al servicio de su país. Se trata de José Gregorio Hernández, de cuyo nacimiento se cumplen 150 años este próximo 26 de octubre.

Nacido en Isnotú, el 28 de octubre de 1864, el doctor Hernández fue el segundo hijo en una humilde y conservadora familia andina, con profundos principios religiosos que supieron inculcar desde su infancia a toda su prole. Finalizados sus estudios primarios en su pueblo natal, a los 13 años se traslada a Caracas en donde cursa exitosamente su bachillerato como interno en el famoso colegio Villegas; luego vendría su formación profesional como médico en la Universidad Central de Venezuela, en la que a los 23 años recibió el título de doctor en medicina, distinguido como el más brillante estudiante de su época en esa casa de estudios superiores. Un año después el joven médico, gracias a sus aptitudes personales y excelentes estudios universitarios es seleccionado por el Gobierno de entonces para la misión de estudiar en los mejores centros de Europa nuevas especialidades científicas que contribuirían a mejorar las ciencias médicas en el país. Con ese objetivo José Gregorio pasa dos años entre París, Berlín y Madrid (1889-1891) perfeccionando sus conocimientos bajo la tutoría de ilustres científicos como el miembro de la Academia de Medicina de Francia Mathias Duval, Charles Richet (Premio Nobel 1913) e Isidore Strauss, discípulo de Pasteur, de quienes recibe notables reconocimientos, entre los cuales destacó la “medalla de honor” como el mejor médico alumno de la cátedra de anatomía de la Facultad de Medicina de París, impuesta por el propio Strauss jefe de la misma. Finalmente asiste en Madrid a lecciones del padre de la Histología moderna y Premio Nobel de Medicina (1906) Santiago Ramón y Cajal.

En agosto de 1891, el doctor Hernández regresa al país con conocimientos enriquecidos, especialmente en el ámbito de la medicina experimental y con los implementos para crear el laboratorio de fisiología experimental en el recién establecido Hospital Vargas de Caracas. Se inicia así su extraordinaria carrera de más de 23 años como docente universitario, científico y médico, la cual fue truncada por el fatal accidente que el domingo 29 de junio de 1919, en la esquina de Amadores de La Pastora, marcara su tránsito a la eternidad y la gloria. Un día antes había dictado su última lección en la Escuela de Medicina, en la cual se había desempeñado como titular de las cátedras de Histología, Fisiología, Bacteriología y Parasitología. Fue además fundador de los estudios experimentales de bacteriología y de fisiología y de la primera cátedra de bacteriología establecida en América.

Como iniciador de los estudios de la medicina experimental en el país el doctor Hernández fue igualmente co-fundador de la Academia Nacional de Medicina. En su actividad docente hizo numerosas publicaciones e investigaciones de gran valor científico. Fue un excelente maestro que gozó del aprecio de sus alumnos, entre los cuales se destacan algunos que serían eminentes médicos como Martín Vegas, Domingo Luciani, Diego Carbonell y Pedro del Corral. Por todas esas cualidades y su vocación de apóstol de la medicina, el doctor Miguel Yáber, su más destacado biógrafo, lo ha calificado como “...un modelo de universitario correcto, honesto, sencillo, humilde... quien en su vida profesional formo una escuela y dejo un modelo de vida universitaria...”.

Pero la faceta más reconocida y de mayor trascendencia de este gran venezolano la marcó su actuar como ejemplar modelo de vida cristiana que lo movió en dos ocasiones a tratar de seguir la carrera sacerdotal, intentos fallidos por problemas de salud. Su reconocimiento como galeno con gran vocación social y compromiso cívico se hizo más que evidente a raíz de su trágica muerte cuando una multitud nunca vista en la Caracas de entonces acompañó el sarcófago con sus restos que fue llevado en hombros desde la Catedral Metropolitana hasta el Cementerio General del Sur. Esa masiva manifestación de duelo causó sentido impacto en el entonces joven escritor Rómulo Gallegos, expresado en reseña de una revista de la época en la cual señalaba: “...no era un muerto a quien llevaban a enterrar, era un ideal humano que pasaba en triunfo, electrizándonos los corazones; puede asegurarse que en pos del féretro del doctor Hernández todos experimentábamos el deseo de ser buenos”. Una nota de duelo aparecida el día siguiente del sepelio en el diario El Universal resaltaba el modelo de vida de quien después sería llamado “el médico de los pobres” al afirmar: “...transitó su sedero dulcemente, con un amplio gesto de misericordia en su ademán, con una lumbre de éxtasis en los ojos acostumbrados a mirar al cielo y cuando alzo el vuelo, como el águila, habría dicho Martí, tenía blancas las alas”. Tiempos después, en un discurso en la Asamblea Legislativa de Trujillo, en Isnotú (3-10-1966), el ex presidente Rafael Caldera, al referirse a la trayectoria del doctor Hernández expresaba: “... No se trata de un santo de tonsura, sino de uno cuyas estampas recorren el país tocado de sombrero tirolés; es un santo del pueblo, salido de la universidad; para él la santidad fue el ejercicio de la ciencia...”.

En enero de 1986, Juan Pablo II decretó Venerable a José Gregorio, paso fundamental para la beatificación de este sabio que, en el ambiente de crisis de valores y contrario a lo religioso que le tocó vivir supo actuar como hombre de ciencia pero con profundos principios cristianos y conciencia cívica. Por ello, como el primer santo venezolano, su elevación a los altares va a representar la gloriosa ocasión para fortalecer la autoestima y los valores de la sana convivencia que tanto requerimos los venezolanos en estos tiempos convulsionados que estamos viviendo.

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