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La crisis nacional y los acuerdos necesarios
Heraclio de Éfeso, el enigmático filósofo presocrático griego afirmaba, reconociendo la discordia y el conflicto como inmanentes a las relaciones humanas, que si el conflicto y la discordia no existieran, todas las cosas dejarían de existir, pues para este pensador helénico, el universo está formado por fuerzas contrarias en perpetua oposición, lo que condiciona el devenir de las cosas y es, a su vez, su ley y principio.
Por su parte, George Bernard Shaw, el célebre escritor y dramaturgo premio Nobel irlandés, señalaba que si no hay conflicto no hay drama; y es que toda la evolución de la civilización humana ha estado marcada por conflictos y discordias y, en cierta medida, signada igualmente por esfuerzos de todo tipo para enfrentarlos y tratar de solventarlos. Son procesos que han estado históricamente presentes, a escala global, entre naciones y en el seno de las diversas comunidades que las integran. 

En ocasiones se ha recurrido a drásticas medidas para forzar soluciones frente a conflictos de dimensiones internacionales, tal y como aconteció con el genocidio nuclear de Hiroshima y Nagasaki, acción armada extrema que, además de la destrucción casi total de esas dos ciudades japonesas, llevó a la tumba, en forma casi instantánea, a cerca de 140 mil seres humanos, como precio que tuvo que pagar Japón para detener su estrategia expansionista, a finales de la Segunda Guerra Mundial, y por haber rechazado el ultimátum de Potsdam, planteado por el presidente Truman y sus aliados europeos para la rendición incondicional de ese imperio, como fórmula de solución de ese conflicto bélico.

Nuestra historia republicana está sembrada de múltiples conflictos que se iniciaron, inclusive, entre los propios próceres de la independencia, los cuales al final fueron causantes de que nuestro Libertador, en sus postreros días, clamara que si su muerte contribuía a que cesaran los partidos, el bajaría tranquilo al sepulcro. Seis meses antes, el 4 de junio de 1830 una conjura de caudillos castrenses había provocado el asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho y se había iniciado la disolución de la Gran Colombia.

Pero siendo los conflictos y los esfuerzos por solventarlos inmanentes a la condición humana, los mismos están igualmente presentes en las organizaciones de todo género y en los niveles más íntimos de las personas, incluyendo su entorno social y el más afectivo o del círculo familiar. Por esta razón, el estudio de los conflictos y de los procesos de negociación como fórmula para el manejo y solución de los mismos supone un enfoque multidisciplinario que puede involucrar sicólogos, sociólogos, politólogos, estrategas de negocios y de asuntos militares, entre otros expertos.

El método Harvard (Harvard Negotiation Project), desarrollado hace más de 20 años por los académicos de esa prestigiosa universidad, Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton, se reconoce como el paradigma en materia de estudios del conflicto y sus técnicas de solución. Se trata de un método que ha demostrado su efectividad en diferentes situaciones, incluyendo conflictos laborales, políticos e, inclusive, en importantes problemas internacionales. La propuesta fundamental del método Harvard es la de negociar en base a intereses, sin asumir posiciones sectarias o actitudes autoritarias; es decir, negociar con una actitud democrática y de búsqueda de solución para todas las partes en conflicto, entendiendo que la negociación es el procedimiento más natural para conducir las relaciones de los seres humanos, a todos los niveles y en todas las circunstancias, incluyendo las confrontaciones políticas que son frecuentes en ambientes de gobernabilidad democrática.

No hay dudas de que los conflictos que no se atienden oportunamente y en forma adecuada, no sólo pueden entorpecer la gestión de los negocios y afectar sus resultados, sino igualmente, en el ámbito político y de gestión pública, pueden dar al traste con los gobiernos y conducir a profundas crisis de gobernabilidad que afectan a toda la sociedad e, inclusive, pueden provocar guerras civiles de desastrosas consecuencias, como lo señala la historia contemporánea. Los pactos políticos y económicos de la Moncloa que sentaron las bases para el diálogo y la concertación, durante la crisis y transición española en 1977; y la concertación de Partidos por la Democracia que derrotó en Chile la aspiración continuista de la dictadura de Pinochet, en octubre de 1988, son ejemplos emblemáticos del manejo inteligente y exitoso de acuerdos políticos para enfrentar graves crisis nacionales.

En la antesala de un proceso electoral que, como lo hemos indicado en artículo anterior, reviste condiciones inéditas en la historia política del país, Venezuela vive una delicada crisis con tendencias conflictivas que, de no atenderse oportunamente, mediante una inteligente negociación, podrían conducirnos a una situación de confrontación social de proporciones catastróficas. Por ello, se requiere promover los acuerdos mínimos necesarios para asegurar la estabilidad institucional, deslastrando del proceso de negociación las posiciones autoritarias y el sectarismo político que en nada contribuyen a la paz social y la convivencia civilizada, condiciones indispensables para asegurar la gobernabilidad democrática y el progreso del país.

jmoreno@unimet.edu.ve

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