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Las manipulaciones del fascismo
Nunca en la historia política de nuestro país se había hecho un uso tan intenso e irresponsable de la calificación de fascista, como el que hemos estado presenciando tanto en el reciente debate electoral, como en la diatriba política actual.
Se califica de fascista al contendor, como un latiguillo mediático y perverso, con intenciones de amedrentamiento político y destrucción del adversario, manipulando el uso de este calificativo y su verdadero significado histórico.

Dado lo grave del tema creemos conveniente precisar el alcance y contenido del término fascista, fundamentándonos en los principios que han sustentado esa terrible doctrina totalitaria y en sus nefastas secuelas de males que recoge la historia. 

Se trata de la ideología de un movimiento político que surgió y se desarrolló en la Italia de las entreguerras (1918-1939), promovido por Benito Mussolini, quien impuso en su país una férrea dictadura durante 20 años, impulsando, en sus delirios expansionistas y militaristas, la muerte de poblaciones enteras en Etiopía con cerca de medio millón de víctimas asesinadas con gases venenosos, sufriendo graves derrotas de sus tropas en las guerras emprendidas contra Grecia, Libia y Egipto y ocasionando, durante la Segunda Guerra Mundial, la devastación de su país hasta que, luego de 18 meses de sangrienta guerra civil y la pérdida de cerca de 400 mil soldados italianos, fue derrocado, apresado por sus propios compatriotas -los partisanos- y en marzo de 1945, fusilado y colgado, junto con su amante y el secretario general de su partido. 

Mussolini fue, en sus inicios, miembro activo de un sindicato obrero socialista de extrema izquierda, que en marzo de 1919, en plena crisis italiana de la postguerra, fundó el partido fascista, en contra de sus antiguos correligionarios comunistas y de la clase política de entonces, utilizando la corrupción de sus seguidores para controlarlos, aboliendo los partidos políticos y estableciendo la obligación de afiliación a su organización para poder sobrevivir en la anárquica sociedad italiana de la época. 

Todo ello, amparado por un eficaz y envolvente aparato de propaganda, la manipulación del sistema educativo y, sobre todo en la violenta represión contra la discrepancia política, ejercida a través de los tristemente célebres "camisas negras", milicia convertida en un terrible cuerpo represivo paramilitar como brazo armado del partido, e integrado -entre otros- por delincuentes y oportunistas asalariados.

El totalitarismo fascista de Mussolini, bajo la consigna que el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo, y de que todo en el Estado, nada contra el Estado, promovió una economía dirigista con propósitos de instaurar un corporativismo estatal totalitario para lograr un Estado todopoderoso e incluyente, fuera del cual no podía existir ningún valor humano o espiritual, ya que sólo el Estado debía interpretar, desarrollar y potenciar toda la vida del pueblo, en la conformación de una atípica sociedad perfecta en donde sus cuerpos intermedios debían estar unificados por un hegemónico gobierno central como representante exclusivo de la sociedad.

A los irresponsables que, por maquiavelismo o supina ignorancia manipulan, como arma política el calificativo de fascista, conviene señalarles las coincidencias en doctrina y ejecutoria entre este perverso régimen y el nazismo y comunismo. 

A los tres podríamos señalarlos como los trillizos del fascismo, ya que, aunque el fascismo italiano fue el precursor, las versiones nazi y comunista que lo emularon, casi simultáneamente, fueron igualmente sistemas autoritarios y hegemónicos, promovidos por caudillos desquiciados que, como Mussolini -il Duce- se impusieron aniquilando la oposición política con métodos que incluían desde una gigantesca y mendaz propaganda, hasta el exterminio moral y físico. 

Es así como Hitler en Alemania, Stalin en Rusia, Mao en China y posteriormente Pol Pot en Camboya, forzaron la obediencia absoluta de las masas, promoviendo el sentimiento de miedo y frustración colectiva por medio de la violencia y la represión contra sus opositores, mediante el control terrorista de la sociedad impuesto por la bota de ejércitos y otros cuerpos de seguridad, como milicias serviles y corruptas (la Gestapo, la NKVD, las Guardias Rojas de Mao y los Jemeres rojos de Pol Pot). 

Siempre señalando un enemigo externo, real o imaginario como chivo expiatorio para imponer la unidad y adhesión incondicional al régimen, y siempre desconociendo la autonomía de las instituciones sometiéndolas vilmente a su servicio.

Como en el fascismo, en el nazismo y el comunismo stalinista y maoísta, el régimen se mantuvo con un dictador implacable, como único jefe, con frecuentes purgas dentro de su propia dirigencia y contra los ciudadanos y con acciones genocidas -recordar las sangrientas purgas políticas de Stalin, los genocidios del nazismo contra los judíos y las masivas devastaciones de vidas humanas, a través de los criminales experimentos de ingeniería social de Mao y de Pol Pot-. 

En la actualidad el fascismo islámico es también una sombría muestra del régimen que venimos describiendo, con sus secuelas antidemocráticas, antisemitas, de discriminación de la mujer y los bárbaros métodos de castigo, característicos de la actual dinastía teocrática-chiíta de Irán.

La historia de sus maldades y los principios y barbaridades ampliamente documentados de estos regímenes totalitarios no dejan dudas de su hermandad ideológica, por ello sería bueno que quienes manipulan con el señalamiento de fascistas a sus opositores políticos reflexionaran con honestidad sobre el grave daño que le hacen al debate político con esas sucias maniobras.

jmoreno@unimet.edu.ve

Director General del CELAUP

www.unimet.edu.ve > celaup

twitter: caratula2009

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