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¿Que se vayan todos!
Abril le recuerda a los argentinos el humillante episodio de la guerra de Las Malvinas
Abril le recuerda a los argentinos el humillante episodio de la guerra de Las Malvinas. Un evento que comenzó el 2 de abril de 1982 cuando la población fue sorprendida por el anuncio oficial notificando que las fuerzas armadas de ese país habían desembarcando en las Islas Malvinas con la pretensión de recuperar la soberanía sobre ese territorio sureño que reclamaban hacía más de un siglo. Independientemente de las razones que asistían a la Argentina en su reclamo territorial, el análisis de la oportunidad en que el ejército argentino inicio el rescate de Las Malvinas revela que esa atropellada decisión tuvo como objetivo tratar de minimizar el desprestigio de una torpe y criminal dictadura militar que desde 1976, por el golpe de estado del General Jorge Videla contra María Estela Martínez -la viuda de Perón- tomó el poder en Argentina y, a partir de entonces, se estableció un régimen militarista con 6 generales que se turnaron al mando hasta 1983, sometiendo a los argentinos a la más inepta y criminal dictadura de la historia latinoamericana.

La guerra fue promovida por Leopolo Galtieri, un general considerado como el más incapaz, ignorante y ambicioso de ese grupo, quien dio muestras de estos calificativos por los graves errores estratégicos y políticos que llevaron a la derrota del ejército argentino en ese conflicto bélico que duró hasta el 14 de junio de ese mismo año. La dictadura -como es el estilo de todas-, había mantenido a los argentinos desinformados de los fracasos en los combates y, cuando se supo la derrota, la indignación popular se incrementó frente a un régimen militarista que no sólo no sabía gobernar, sino que tampoco sabía hacer la guerra, solo eran eficientes como represores y violadores de los derechos humanos. A los tres días de hacerse pública la derrota y ante las protestas populares cada vez reprimidas con mayor fuerza, los mismos generales derrocaron a Galtieri, colocando en el poder a otro par de generales que al año siguiente se vieron forzados a convocar elecciones, con las que, a partir de diciembre de 1983, el país recuperó la democracia con la presidencia de Raúl Alfonsin, primer presidente no peronista de esa nueva era democrática.

La guerra de Las Malvinas había terminado en una tragedia para el país, en la que más de 600 jóvenes soldados argentinos, casi sin ningún entrenamiento, perdieron la vida. Atrás quedaba la derrota y humillación de un pueblo prisionero de una férrea dictadura castrense aferrada al poder hasta que su fracaso bélico la forzó a convocar elecciones. En Argentina se decía entonces y de manera irónica que gracias a la derrota en Las Malvinas, el país se había librado del militarismo y había recuperado la democracia. Pero los males de Argentina y su impacto en el espíritu nacional no habían concluido. Una incontrolable hiperinflación forzó a Alfonsín a renunciar a la presidencia, 5 meses antes de terminar su mandato. Luego, vendrían recurrentes crisis económicas, políticas y escándalos de corrupción que erosionaron las instituciones del país, debilitando su democracia y la credibilidad de los políticos. Durante el devenir democrático y hasta el final del kirchnerista (2015), ningún presidente electo fuera de las filas peronistas pudo concluir su mandato y los justicialistas (peronistas) con la exclusión de Menem (2 periodos) y los Kirchner (3 periodos) no pudieron asegurar la estabilidad institucional, mientras el país vivía una profunda crisis política y económica que lo llevó al borde de una Guerra Civil y que, entre el 2000 y el 2003, afectó seriamente la creencia de los argentinos en su democracia y en el futuro de su país, al extremo que en ese periodo se hizo común el slogan popular ¡QUE SE VAYAN TODOS! con el cual, en la forma de grafitis, los argentinos expresaban su apatía y su rechazo a la dirigencia nacional, especialmente a la incapacidad de la clase política por el estado de postración en el que había caído un país que, en los primeros 30 años del siglo pasado, llegó a posicionarse entre los más ricos del planeta.

Estudiosos de estas realidades sociales, como las que ha vivido Argentina y de su impacto en las personas y la comunidad nacional, hablan del Estado Anomico cuando, como consecuencia de crisis políticas, económicas e institucionales se generan situaciones de déficit de normas y reglas claras para dirigir el comportamiento social y proporcionarle una orientación (Dreier; Waldmann 1998). En el caso argentino, las nefastas secuelas del militarismo y la inestabilidad política durante el periodo democrático, con erráticas políticas económicas, marcadas fundamentalmente por una visión populista del desarrollo y salpicadas de escándalos de corrupción, han sembrado en la sociedad una profunda división y desconfianza en las instituciones y en un Estado de Derecho que no termina de consolidarse, todo lo cual tipifica la realidad anómica que ha privado en ese país y la apatía y desconfianza de los ciudadanos frente al futuro.

Pero la crisis de liderazgo político, la fragilidad de las instituciones, el militarismo y la corrupción no ha sido monopolio de los argentinos, aunque, conjuntamente con el neopopulismo, sí representan la más grave amenaza que conspira contra las frágiles democracias de América Latina. En Venezuela el agotamiento del rentismo petrolero impone la necesidad de romper con la cultura rentista y con las perversidades del populismo, pero igualmente se requiere fortalecer las instituciones y defender la independencia de las mismas, como la garantía básica de una verdadera democracia. Para ello es fundamental acrecentar nuestro capital social y lograr la confianza y la responsabilidad ciudadana que faciliten los consensos necesarios para luchar contra un Estado anómico y romper con la apatía que, como ha sucedido en Argentina, llevó a sus ciudadanos a proferir la desesperada consigna de ¡QUE SE VAYAN TODOS!

José Ignacio Moreno León
@caratula2000