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Unasur acéfala
Estamos a escasos 3 meses de celebrar el 9° Aniversario de la firma del Tratado de Brasilia, el cual creó la Unión Suramericana de Naciones. Durante sus primeros años, logró avanzar en su proceso de institucionalización mientras desactivaba varias crisis regionales. A partir de 2011, todo empezó a cambiar
Estamos a escasos 3 meses de celebrar el 9° Aniversario de la firma del Tratado de Brasilia, el cual creó la Unión Suramericana de Naciones (UNASUR) a partir del legado de las Cumbres Suramericanas celebradas desde el año 2000. Esto supuso un hito trascendental en la historia de América del Sur, ya que por vez primera se creaba un mecanismo de concertación regional que la asumía como una realidad geopolítica coherente, frente a la gran dispersión de actores y prioridades que representa el sueño de articular América Latina y El Caribe. Durante sus primeros años, logró avanzar en su proceso de institucionalización mientras desactivaba varias crisis regionales, con una agenda que giraba en torno a la coordinación político-diplomática; el impulso de la convergencia entre la Comunidad Andina, MERCOSUR y Chile en un área de libre comercio; y la integración física -desde las infraestructuras (IIRSA) hasta la energía. Resultó relevante la constitución de consejos sectoriales, aunque luego se multiplicaron excesivamente. En todo esto, el liderazgo y pragmatismo del Ex-Presidente Lula fueron cruciales, para dotar de recursos y credibilidad a la joven organización, asignarle un objetivo autonomista, y moderar el radicalismo de los países ALBA.

A partir de 2011, todo empezó a cambiar. Dilma Rousseff desplegó una política exterior mucho menos activa en la región, y le otorgó menos relevancia a UNASUR, planteando un problema de liderazgo. Este vacío fue aprovechado por la diplomacia venezolana, que logró posicionar como Secretario General a Alí Rodríguez Araque. A partir de allí, UNASUR perdió la brújula, dejando de representar cabalmente la pluralidad de visiones de América del Sur, como quedó en evidencia en su manejo de la crisis paraguaya en 2012. Posteriormente, en agosto de 2014, Venezuela impulsó el nombramiento del Ex–Presidente de Colombia, Ernesto Samper, como Secretario General, a pesar de la larga sombra del “Proceso 8000”. Esto vino a agravar la situación, ya que Samper no sólo afectó la imagen de UNASUR, sino que asumió la conducción de la misma en forma personalista y abiertamente parcializada hacia los intereses del bloque ALBA. Cabe destacar que antes de esta coyuntura, el Presidente Maduro se había beneficiado en dos ocasiones del despliegue diplomático de la UNASUR. En abril de 2013, mediante una Cumbre Extraordinaria de Jefes de Estado, que reconoció rápidamente su triunfo, a pesar de las críticas de la oposición venezolana y la Administración Obama. Y, en marzo de 2014, cuando fue convocada una Reunión Extraordinaria de Cancilleres en Santiago de Chile ante las protestas de “La Salida”, donde se acordó enviar una Comisión de Cancilleres (Brasil, Colombia y Ecuador), que sólo logró un diálogo mediático y el apaciguamiento de la calle.

En 2016, ante al bloqueo sistemático de las competencias de la nueva Asamblea Nacional por el Tribunal Supremo de Justicia y la crisis humanitaria en Venezuela, aumentó el cuestionamiento internacional al gobierno venezolano y la presión desde la OEA. Samper vino al rescate. Con la aquiescencia de la Cancillería venezolana que asumió la Presidencia Pro-Témpore de la UNASUR en abril, designó a los Ex-Presidentes Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos, para realizar labores de facilitación para un diálogo en Venezuela que excluía deliberadamente la salida electoral a través del Referéndum Revocatorio como lo pedía la oposición venezolana. Paraguay criticó estas gestiones, al no ser aprobadas ni controladas –nunca se ha rendido cuenta- por los Cancilleres.

Samper también se aventuró a criticar el impeachment en Brasil y lo tipificó como “golpe de Estado pasivo”, convocando sin éxito una Reunión Extraordinaria de Cancilleres en septiembre de 2016, lo cual le costó la reelección. Aunque su mandato expiró el 22 de agosto de 2016, los Cancilleres decidieron dejarle hasta el 31 de enero de 2017, debido la crisis en el MERCOSUR por la suspensión de Venezuela. Cumplido el plazo, y ante las discrepancias que todavía existen sobre su posible sucesor, UNASUR ha quedado acéfala. El Reglamento de la UNASUR señala en sus artículos 32 y 33, que le correspondería asumir las labores administrativas de la organización ante la vacancia, a su Director más antiguo. Sin embargo, maniobras de la Presidencia Pro-Témpore venezolana junto a Samper, han dejado como Secretario General encargado a su Jefe de Gabinete y mano derecha, Yuri Chillán. Este a su vez, extralimitando sus competencias y en entendimiento con la Casa Amarilla, designó al boliviano Mauricio Dorfler, Director de Asuntos Políticos y Defensa, para “reactivar” el diálogo en Venezuela; para lo cual fue enviado a Caracas a principios de febrero de 2017. Todo esto es ilegal, ya que no está en el Reglamento ni ha sido aprobado por los Cancilleres de la UNASUR: un nuevo atropello a su ya debilitada institucionalidad y credibilidad.

La Presidencia Pro-Témpore venezolana que se extenderá hasta el 17 de abril de 2017, trabaja para mantener la acefalía de la UNASUR, y probablemente seguirá bloqueando el consenso durante la próxima Presidencia Pro-Témpore argentina, quien ya ha presentado la candidatura del actual Embajador argentino en Chile, Dr. José Octavio Bordón, con el apoyo de Brasil y Chile. El objetivo de la diplomacia venezolana es mantener a los hombres de Samper al frente de la Secretaría General, para seguir pilotando las gestiones que hagan lucir viva la fallida iniciativa de diálogo de la UNASUR en Venezuela, y así bloquear cualquier iniciativa desde la OEA. Todo esto muestra cómo los intereses subalternos del gobierno venezolano están paralizando una valiosa organización y condenándola a la irrelevancia. UNASUR debe recuperar su Norte, y esto pasa por nombrar cuanto antes un nuevo Secretario General que le permita convocar a los Jefes de Estado –quienes no se reúnen desde diciembre de 2014- para acordar una nueva hoja de ruta y recuperar su rol constructivo en la región. ¿Y usted qué opina? 

Kenneth Ramírez
@kenopina

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