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diccionario de economía
 


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El debate de la pobreza o la pobreza del debate
Son 700 mil o 430 mil las familias que en Venezuela pasan hambre? En un país normal esto se sabría y bochornosamente correríamos a resolver el asunto o, al menos, a discutir cómo remediar que en el país con las reservas de petróleo más grandes del mundo exista tal nivel de hogares que no satisfacen la necesidad más básica de todas. Pero no, en el nuestro parece ser más importante la réplica o el insulto antes que encarar un problema que nos querían hacer ver que estaba resuelto.
Celebramos que la campaña haya tomado el giro que el país reclamaba desde hacía tiempo. Para los que nos ocupamos de los temas sociales resultaba poco menos que frustrante tener que calarnos una opinión pública que parecía conformarse con el chantaje de las misiones o que dejaba en manos de los mercenarios de la pobreza los problemas más urgentes que tienen las familias venezolanas. Por más que se denunciara o se tratara de demostrar que este boom de ingresos petroleros (2004-2008) había sido el único responsable de la mejora pasajera del consumo de los hogares, las explicaciones sencillas de los analistas de mercadeo, la cháchara de los corresponsales extranjeros, más la autoadjudicación sin rubor, por parte de los jerarcas gubernamentales, de unas políticas públicas que no guardan relación con la reducción de la pobreza, fueron prevaleciendo hasta convertir al gobierno en el paladín de la justicia social.

El asunto llegó a ser tan absurdo que sólo cuando el propio gobierno se criticaba a sí mismo, entonces los medios y los temerosos líderes políticos coreaban la denuncia. Fue el propio presidente de la República el que desenmascaró los cierres y la inoperatividad de Barrio Adentro y sólo, a partir de entonces, su oposición política se dio cuenta y comenzó a enterarse de que iban las irregularidades.

El debate contra el gobierno no salía de los justos, pero poco comprensibles y menos populares, temas de los derechos humanos, la libertad de expresión, la separación de poderes u otras preocupaciones que en la Venezuela de hoy no dejaban de ser asuntos de una pequeña burguesía, acostumbrada a viajar y, por lo tanto, a tener cómo comparar las barbaridades del verbo de nuestro gobierno y su accionar autoritario, con la de otros gobiernos (no digamos de Europa o Estado Unidos), incluso dentro de nuestro propio continente. Esta élite de la opinión nunca entendió que nuestro socarrón gobierno lo es más que otros, porque gozó de la autonomía rentística que ningún otro gobierno de la región dispone. La gobernante argentina o su colega ecuatoriano probablemente gustarían de recordarle la familia a más de un empresario, pero no pueden. Las arcas públicas dependen de sus impuestos. Por ello, el punto más flaco del gobierno no era o es su autoritarismo o irrespeto a los derechos humanos, sino su chantaje social.

El monopolio que alcanzó el gobierno sobre el tema social fue tan absoluto que podía ser gobierno y oposición a la vez. El gobierno era el único interlocutor de las familias venezolanas que tuvieran cualquier necesidad material, las cuales desde el criticado Maslow para acá, siguen siendo una prioridad cuando la pobreza aprieta. Pero esto parece haber llegado a su fin. La campaña alternativa presentó sin el menor rubor las pinceladas básicas de una oferta social que trata de dar respuesta a las omisiones del gobierno. Cinco compromisos sociales, teniendo a la familia como gran receptora de cualquier ayuda u oportunidad, gracias a que se entendió que si una persona tiene un problema o padece de algún obstáculo, eso repercute sobre el grupo referencial básico de cualquier venezolano, constituye una nueva forma de ver los programas sociales superando la visión individualista y parcelada de las Misiones.

Comenzando por la alimentación, y partiendo de la experiencia que el candidato tuvo como gobernador del estado Miranda, el primer compromiso se centra en la alimentación. Toda familia con problemas de alimentación recibirá una transferencia que garantice sus requerimientos nutricionales, según una modalidad que dependerá del lugar donde viva y que será el inicio de un conjunto de beneficios sociales que alcanzan a la madre, el niño, el joven y el adulto mayor.

La reacción del gobierno consistió en apelar a su oficina de propaganda social (INE) admitiendo que en el país hay pobreza extrema, crítica o en palabras del propio Presidente "como se llame" (la molestia a veces es inocultable), pero mucho menos de la denunciada por la oposición. "Matemáticamente es imposible que exista ese número de pobres extremos" ¿Qué significará matemáticamente? ¿Dogmáticamente?

Pues me temo que sí los hay mi Señor Presidente. No solo porque desde el año 2008 la pobreza en Venezuela dejó de disminuir, según las cuentas de su agencia gubernamental, sino porque por más que se empeñen en decir lo contrario, en nuestro país no ha existido un verdadero plan para enfrentar la pobreza. Lo que ha habido es un conjunto de acciones aisladas, colchas de retazos, intervenciones tipo operativo, cuando no innumerables censos convertidos en listas de espera, en chantaje político, que las pocas cifras oficiales se han encargado de demostrar su limitado alcance y su poco rendimiento.

¿Son 700 mil o 430 mil? Como siempre, todo depende de cómo se cuenten esas familias. El gobierno gusta de mostrar la variable economicista de la pobreza, la que depende del ingreso, en nuestro caso del precio del petróleo. Los métodos de tipo multivariable, los que consideran otras variables como las condiciones de la vivienda, el nivel educativo, calidad del empleo y la dependencia económica, entre otros, muestran los niveles de pobreza a los que alude la campaña opositora y que además considera inaceptables.

Por ahora, y como lamentablemente ha sido el debate sobre la pobreza en Venezuela, pareciera que nos limitamos a su tamaño, a una numerología que por sí misma no es suficiente para resolver el problema. La pobreza, cuando se trata de la extrema además, necesita de políticas locales y especializadas para cada localidad y realidad concreta. Se trata de tener que abatir obstáculos muy particulares que no pueden ser divisados y mucho menos enfrentados desde la postura centralista que tiene el gobierno. Por más que crezcamos económicamente o se construyan múltiples centros educativos y de salud (que por cierto no es el caso) la pobreza extrema no podrá ser reducida a cero porque sencillamente no se están aplicando los remedios para enfrentarla allí donde se produce, en la plantación, en el caserío, en la frontera, en la comunidad indígena o en cualquiera de los múltiples sitios donde los pobres extremos se concentran y pasan desapercibidos.
Mientras mantengamos el tema de la pobreza en una loca cuenta interesada o sigamos jactándonos de triunfos que efectivamente no tenemos, la pobreza será la característica de nuestro debate social.

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