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El pastel que somos
Reseñamos el libro de Miro Popic que habla acerca de lo que somos los venezolanos en un plato
“La autoestima del venezolano viene envuelta en hojas de plátanos, por sus venas corren torrentes de ají dulce, la rodean selvas de cacao y montañas de papelón, se baña en cascadas de maíz pilado, mientras espera el crujiente llamado de un tequeño en flor bajo un cierto de nubes blancas, como suspiros de bienmesabe, y una luna de queso de mano recién cuajado. Si volviera nuevamente a la escuela, así comenzaría mi tarea cuando la maestra me preguntara a qué sabe Venezuela. Así es como la siento ahora, luego de recorrer pacientemente su generosa geografía en busca de lo que nos une alrededor de la mesa, pensando en la comida y en lo que nos hace ser como somos. Si la fortaleza de una nación radica en su identidad, esa identidad comienza a forjarse con la alimentación”. Así comienza la introducción de este extraordinario libro de Miro Popic sobre lo que somos los venezolanos en un plato.

“La comida es inevitable, nadie puede escapar de ella. Podemos escoger los alimentos de nuestra preferencia, podemos renunciar a muchos de ellos,  pero no podemos de ninguna manera dejar de comer. No hacerlo equivale a morir. Si no se come no se piensa, decía Descartes, y una vez desayunando con queso y frutas, propuso que nunca hay que asumir como verdadero aquello que no conocemos como tal. ¿Tenemos la certeza de saber desde cuándo somos venezolanos? Comer para pensar, me parece bien, pero creo que ya es hora de pensar lo que comemos. ¿Quién hablaba de la cocina peruana hace tres décadas? Nadie, o muy pocos, sin embargo hoy está en boca de todos, en todo el mundo, y es tal su importancia que uno de los grandes promotores, Gastón Acurio, tiene consenso para ser presidente de su país. Antes de que muchos cocineros peruanos se convirtieran en estrellas mediáticas, la Universidad San Martín de Porres, dedicó su esfuerzo académico a investigar sobre el tema que nos ocupa y de allí surgió la revolución gastronómica peruana, convencidos de que la geografía social se define por las cocinas que la reflejan. Cuando uno lee reiteradamente que la hallaca, por ejemplo, es expresión del barroquismo que nos caracteriza, se tropieza luego con Cabrujas explicando que no hay nada más falso que esa idea, que aquí no hay barroco, preguntándose luego ¿cuál identidad?, ¿dónde está?, ¿cómo puede encontrar identidad cultural un país que a lo largo de su historia no la ha tenido? Porque, dice, nuestro gran dilema histórico y existencial es que lo que constituye nuestra vida no tiene relación con nuestra cultura. Esto me parece una provocación y, más que eso, una incitación a escudriñar más allá de Internet sobre aquello que nos une o nos diferencia, y allí, entonces, en nuestro caso, no nos queda más que llegar al fondo de las ollas en busca de la sustancia misma donde se gestó la venezolanidad. Para mí, antes que la patria, fue la comida. Las ciencias sociales estudian la relación entre gastronomía e identidad. Como periodista investigador, mi aproximación es a la inversa, trato más bien de  identificar lo que la comida nos puede decir de la identidad. Es un acercamiento al hecho alimentario nacional, cotidiano y popular, como constructor de identidades, partiendo no de lo que comemos sino de cómo lo que comemos nos hizo lo que somos. Es, en cierta medida, una deuda pendiente no honrada a plenitud en mi anterior publicación, Comer en Venezuela, donde se planteó la duda de si somos venezolanos porque comemos hallacas o comemos hallacas porque somos venezolanos. Es algo más que un juego de palabras para atrapar incautos. Tiene que ver con lo que se cocina y come en el país y la correspondiente reflexión que implica pensar la comida, lo que ella explica o complica, lo que nos ilustra sobre la identidad. Nuestra identidad. Este Pastel rompe con muchos mitos que han dominado lo poco que se ha escrito sobre lo que comemos. Escudriña en la diaria realidad de lo que llevamos a la mesa, lo que nos hace ser lo que somos, tratando de descifrar los modos del quehacer cotidiano de la sociedad expresado en las prácticas culinarias como señales de cambio. Es hora de abandonar el mestizaje para explicar lo que comemos a diario, superar esa suerte de complejo que nos castiga y asumir como propio, con dignidad, lo que realmente nació aquí, nos guste o no nos guste, con o sin picante, dulce o salado, sin comparaciones inútiles que conducen a nada, orgullosamente, pero sin caer en la tentación del chauvinismo fácil porque, en rigor, no todo lo nuestro es necesariamente lo mejor. Pero es lo que tenemos, lo que somos. Si detrás de todo dulzor se esconde una amargura, ponerle azúcar a las caraotas no acabará con la pena. En una época en que hay hasta desabastecimiento de ideas, donde todo lo vemos en blanco y negro, no podemos resignarnos a una eterna cola para estampar nuestra huella digital en busca de entender quiénes somos a partir de lo que comemos. Estoy convencido de que a todo venezolano que lea estas páginas, nada de lo que coma después le sabrá igual.” 

Yo solo puedo agregar: Gracias Miro por existir y escribir. Y recomendarles enfáticamente la lectura de este libro.

Más que periodista

Miro es un tipo único en la historia de nuestro país. Periodista, escritor y editor, especializado en vinos y gastronomía, con investigaciones y ensayos culinarios en publicaciones nacionales e internacionales. Columnista de Todo en Domingo y colaborador en diversas publicaciones internacionales de Italia, España, Panamá, Chile. Autor de: Morir en Tacos, El Libro del Pan de Jamón, Misión Gula, Manual del Vino (con ediciones en inglés y en mandarín), Mundo de Vino, Comer en Venezuela, El nuevo Libro del Pan de Jamón y 26 panes más. Coautor en Diez menús bien pensados y Guía Mundial del Vino Slow Food. Editor desde 1992 de la Guía Gastronómica de Caracas Guía Vial de Venezuela, Guía Ecoturística de Venezuela, Atlas de Venezuela. Profesor, consultor, conferencista y jurado internacional.

Pero sobre todo Miro es un tipo agradable, interesante y justo que ha hecho de Venezuela su patria de adopción y que le ha dado a esa patria una historia gastronómica como pocos. El libro que hoy les recomiendo es una herramienta esencial  para conocernos como país.


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