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Filippo Saglimbeni es ícono de la ciudad
Y es que ese pequeño pueblo de Limina, Sant’Alessio Siculo, en Sicilia mandó a Venezuela a un trío de primos que han dejado una honda huella en Caracas
El pasado Viernes Santo leí en el Twitter de mi amiga @marinesferrero,  amante de las arepas y los perros calientes, una triste noticia: falleció Filippo Saglimbeni, el famoso perrocalentero de Plaza Altamira. Filippo y su carrito se habían convertido en iconos de la ciudad por lo que pocas horas luego el Twitter,  los noticieros y programas urbanos caraqueños se llenaron de noticias y memorias al respecto. 

En casi todos se reflejaba la historia de su vida y de su carrito de perros calientes. Filippo nació en Limina, un pequeño pueblo de Sicilia en 1928 y a los 22 años llegó a Caracas, lleno de emociones e ilusiones. En el año 1954 montó el carrito en la Plaza Altamira donde servía salchichas sicilianas en pan y una especie de croqueta de carne italiana muy parecida a la hamburguesa, todo acompañado con un jugo de piña casero que preparaba su mujer y que le dio fama instantánea al lugar. Filippo estuvo personalmente al frente del carrito por más de 30 años cuando empezó a ser acompañado y, eventualmente, sustituido, primero, por su cuñado Filippo Costa Saglimbeni y luego por su hijo Antonio Saglimbeni. Pero cuando digo que “casi todos” recordaban la vida o el carrito de Filippo es porque mis memorias personales eran completamente diferentes. 

Era el año 1991 y yo había vivido toda mi vida en El Paraíso por lo que poco frecuentaba la Plaza Altamira y dudo que conociera a Filippo. El caso es que me iba a casar y para alquilar el respectivo traje formal un amigo me recomendó la sastrería Trinacria ubicada en la calle Sucre de Chacao. El sastre, un simpátiquisimo siciliano, se llamaba también Filippo Saglimbeni (primo hermano del perrocalentero). Como típico novio aterrorizado yo perdía hasta 2 kilos por semana por lo que mis visitas a Filippo eran constantes hasta el punto que desarrollamos una verdadera amistad. 

Filippo insistía en que pasara unos días de mi italiana luna de miel visitando su pueblo de Sicilia donde el también pasaría el verano. “Viene a Limina, Sant’Alessio Siculo en Sicilia y se resta nell’ Albergo Kennedy” decía en su característico acento “sicilo-caraqueño”. Unas semanas más tarde  me encontraba rodando por Sicilia en plena luna de miel cuando note que estaba cerca de Sant’Alessio y convencí a mi reciente esposa de hacer una parada totalmente imprevista en el Albergo Kennedy, para tratar de conseguir a Filippo. 

Como no tenía ninguna dirección íbamos preguntándole a cuanto peatón nos cruzábamos por Sant’Alessio Siculo y todos nos indicaban el camino con una extraña mezcla de tristeza y perplejidad (la perplejidad creo se debía a que en el pueblo había al menos 50 Filippos Saglimbeni distintos) Una hora luego llegamos a una gigantesca y desvencijada casona rural  en Limina otro pueblo a unos 15 kms de Sant’Alessio. Para nuestra sorpresa nos encontramos unas 50 mujeres y 35 hombres (de los cuales 34 se llamaban Filippo, obvio) muy formalmente ataviados, sentados en dos larguísimas mesas puestas al aire libre en una  especie de gigantesca comilona en la cual participamos. 

Fue sin duda la más inesperada e impresionante experiencia gastronómica de mi vida y la razón de dicho banquete (y de la tristeza del pueblo) era que el día antes habían enterrado al “Pater Famiglia” Filippo Saglimbeni, padre de mi amigo sastre y tío del perrocalentero. Entenderán ahora los lectores el por qué mis memorias de los Filippos Saglimbeni son tan particulares. Y es que ese pequeño pueblo de Limina, Sant’Alessio Siculo, en Sicilia mandó a Venezuela un trío de primos que han dejado una honda huella en esta ciudad: los dos Filippo Saglimbeni,  que ya  he mencionado y el tercero (también Filippo Saglimbeni), padre de Rodolfo Saglimbeni, connotado director de orquesta.

Unos años luego de este episodio mi amigo Filippo, el sastre, siguió el legado familiar siciliano (de comer y comer) y con sus hijos José y Alfio, y su esposa Carmela “Nella”  Miscollino  creó en su local de la calle Sucre, el Café Trinacria, un pequeñísimo y  auténtico café siciliano donde cada día la joven generación Italo-Chacaoense se reúne, en un moderno ambiente, a tomar café y degustar los más fieles arancini de Caracas. 

Mi amigo Filippo, el sastre, también falleció, pero gracias a estos 3 primos, héroes anónimos de la inmigración siciliana  el nombre de Limina quedara para siempre unido con la ciudad.

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