diccionario de economía
 


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Estos son los tiempos de Dios
Los buenos gerentes saben que las mejores decisiones son las más consultadas, las que tienen una mejor composición de tiempo y de lugar
Para las organizaciones, ninguna decisión es fácil. La época de los faraones organizacionales pasó hace mucho tiempo, y por las mismas razones que hicieron desaparecer aquellos pesados imperios: la excesiva centralización y su consecuencia más conspicua, la arbitrariedad, que coloca a los líderes a las puertas de la corrupción institucional, o sea, en el peligro de comenzar a tomar malas decisiones, sin medir las consecuencias. Los buenos gerentes saben que las mejores decisiones son las más consultadas, las que tienen una mejor composición de tiempo y de lugar, las mejor discernidas, apropiadamente argumentadas y razonablemente consensuadas.

Uno de los desafíos más importante de los líderes empresariales está concentrado en tomar buenas decisiones fundadas en la colaboración interfuncional. Los gerentes de más alto nivel se tienen que coordinar, deben aprender a negociar, pero sobre todo recordar que la misión de la empresa es la razón de ser del negocio y la causa por la que ellos están ejerciendo sus funciones. No es fácil, porque cada equipo funcional tiene sus prioridades, y no necesariamente ven sus metas a la luz de los intereses de la empresa y de los clientes. La dificultad estriba en la lógica de poder subyacente que incentiva a cuidad los espacios propios y a no entender las necesidades del sistema.

Hay cuatro competencias necesarias para tomar buenas decisiones dentro de una empresa. La primera es capacidad para negociar un resultado. La segunda, capacidad para compartir información relevante. La tercera, capacidad para coordinar metas. La cuarta, responsabilidad sobre las decisiones que se deben tomar.

No todas las decisiones que se toman tienen la misma calidad de los resultados. Nadie es infalible. Por eso los líderes y gerentes tienen que asumir con humildad la posibilidad de revisar la forma cómo toman decisiones. Preguntarse, por ejemplo, si por lo general son acertadas. Estimar la relación costo-beneficio. Revisar si fueron tomadas en el tiempo justo. Hay decisiones que se retardan y que por eso mismo no terminan impactando apropiadamente. Hay otras que se precipitan y resultan siendo temerarias. Examinar si las decisiones fueron buen instrumentadas, o sea, si las instrucciones fueron claras y la capacidad de la empresa fue tomada en cuenta. Siempre existe el peligro de la insensatez, cuyo lema es “el hombre es del tamaño de la dificultad que tiene por delante”. Eso no es cierto, porque si el mandato no se acompaña con recursos y los lapsos apropiados, simplemente son una invitación al fracaso.

Las decisiones también dependen de involucrar en el proceso de deliberación a las personas correctas, y en el proceso de implementación a las personas apropiadas. También que la convocatoria al trabajo conjunto sea realizada con los formatos y procedimientos oportunos. Hay que hacer ver que el equipo es determinante en la suerte de los resultados que se buscan. El equipo tiene que reflejar su eficiencia en la calidad de las recomendaciones que se proponen, en la entrega de información pertinente, el respeto al que tiene la última palabra, y en el seguimiento que se haga a lo decidido para transformarlo en las soluciones que se buscan.

La agudeza del líder está en respetar y usar intensamente los roles, ser capaz de enhebrarlos para el mejor desempeño posible, y en el camino revisar y ajustar productivamente tiempos y procesos. Esto tiene como requisito previo la evitación de los fiascos. Para que todo fluya adecuadamente se debe contar con buena información, o sea, con una constatación de la realidad alejada todo lo posible de deseos y clausulas condicionales. Por eso, el compromiso ético que debe suscribir el líder con su equipo debe ser precisamente el de trabajar con datos precisos. Debería considerarse casi una traición el ocultar o tergiversar la información. La transparencia es una necesidad crucial para tomar buenas decisiones.

Los resultados siempre son el producto de una buena o mala decisión. No maduran con el paso del tiempo. No hay “tiempos de Dios”, sino esfuerzo humano que trata de perfeccionar la realidad. Por eso, estos y no otros son los tiempos de Dios. Sin esperar a que las cosas ocurran por su cuenta, aligerando procesos, eliminando los cuellos de botella, facilitando los procesos de cooperación, asumiendo la realidad tal y como es, usando el tiempo con eficacia, dándose la oportunidad de deliberar, pero permitiéndose escuchar la reflexión de los otros.

Decidir bien es el resultado de ciertos dones del Espíritu: Sabiduría, Entendimiento, Prudencia, Fortaleza y Discernimiento. Quien los tiene, lo hace bien, en los tiempos que son propicios.

Víctor Maldonado C. 
@vjmc 

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