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El diablo mayor vive en Naiguatá
En noviembre, una confluencia nacional de diabladas del Corpus Christi se reunirá en Bahía de Cata

El diablo mayor vive en Naiguatá
Capitán espiritual, Robin, el diablo mayor de Naiguatá (Creditos: Pedro Antonuccio)

25/10/2013 04:18:00 p.m.|Pedro Antonuccio Sanó.-
Kalala Cáceres es una chica de Naiguatá con dos hijos. Resulta que un día de sol resplandeciente, en la calle Coromoto  perseguían a tiros a un malandro cuando una de las balas rebotó y le penetró en la cabeza. Luego de llevarla al hospital le dijeron que no podían operarla.

“Cuando Kalala salió del hospital habló conmigo para hacerle una promesa al Santísimo. Le dije, inclínese y llórele por su sufrimiento. Al año de su infortunio empezó a bailar con la Cofradía de los Diablos Danzantes de Naiguatá, jurándole al Santísimo 12 años de promesa. El año 12, día del Corpus Christi, Kalala culminaba su promesa, le vino un vómito y botó la bala por la boca. El Santísimo le dio su milagro”, cuenta Pablo Roberto Izaguirre López, conocido como Robin, quien a sus 78 años lleva la batuta de la Cofradía de Naiguatá en su rol de Diablo Mayor, y se distingue por su liderazgo y por tener más años bailando este rito mágico-religioso.

Bajo la protección de uno de los más longevos capitanes-capataces de las sociedades danzantes de nuestro país, los Diablos Danzantes de Naiguatá tendrán su propia confluencia nacional en noviembre en Bahía de Cata (Aragua), junto a la hermandad de cofradías de Aragua, Carabobo, Cojedes, Guárico, Miranda y Vargas. 

Mientras, desde Ecuador se hace un llamado al fortalecimiento de la integración cultural, convocando para enero de 2014 al primer  Encuentro Latinoamericano de Diabladas Danzantes en la Provincia de Tungurahua, con representantes de Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Perú, Venezuela y Ecuador, países que festejan los Santos Inocentes, el Corpus Christi y el Inti Raimy o Fiesta del Sol, en esta batalla del bien contra el mal.

Iniciada por campesinos y pescadores en 1762 y con más de mil participantes, la diablada de Naiguatá tiene como escenario la víspera del jueves del Corpus Christi como ofrenda al Santísimo, donde la leyenda se hizo devoción para la feligresía de Vargas. 

Patrimonio inmaterial de la humanidad, decretado por la Unesco en 2012, este ritual de indígenas y esclavos se integra en hermandades de carácter espiritual. Y tiene en la máscara arte y oficio de artesanos que ceremoniosamente inician la creación de su careta policromática semanas antes del Corpus Christi, en la  que sobresalen los motivos de la fauna de mar y tierra de la localidad. Es así como Tiburones, erizos, caballitos de mar, cochinos y felinos, cobran vida en la cabeza de los diablos que bajan en serpenteo desde Naiguatá para unirse en júbilo por sus calles de devoción, 60 días después del Domingo de Resurrección.

Robin rememora cómo se hacía la máscara: “Con barro artesanal los indígenas hacían su armazón con grea, le daban la horma y empapelaban hasta que la máscara quedaba tensa. Después le daban golpes al molde, botaban la tierra y quedaba listo el armazón de la careta. Procedían a vestirla con papel blanco y buscaban bejuco para hacerle el aro y las cintas de colores que la adornaban. Era una máscara sobrehumana”.

Fue después que Ciriaco Iriarte (conocido como Canta Bonito), que la fiesta de los Diablos cobró relevancia. Cuenta Robin que cuando asesinaron a Juancho Gómez, hermano de Juan Vicente Gómez, muchos cayeron presos, incluyendo a Ciriaco. “Ciriaco se le pegó al Santísimo rogándole que lo sacara de ese compromiso y prometiéndole bailar diablo de por vida. Una tarde de 1923, llamaron al soldado Ciriaco al cuartel y una señora de sombrero y antifaz que él no conocía le dijo que estaba libre. Así fue como le cumplió al Santísimo hasta su muerte en 1984”, reafirma este cultor popular.

La evolución de la máscara en este acto tiene en Iriarte su principal innovador porque inventa el armazón de alambre, haciendo un molde de acero y luego poniéndole periódico, pega, pintura y el saco que lleva cada diablo durante la danza de fe, que subraya la solemnidad de estos poseídos.

Una indumentaria de sugestivos lienzos móviles acompaña esta diabólica convulsión colectiva. La camisa de colores contrastantes destaca entre la vestimenta y tiene que ser, antes de su retoque y tintura, blanca y manga larga. Todo se dibuja a mano para plasmar el arte popular y acompañarlo de trazos geométricamente llamativos y de profunda carga espiritual. “Se pinta la camisa, con argumentos y misterios, poniéndole la imagen de un santo en la espalda para cuidarse. El pantalón blanco se pinta con redondillos y cruces, que no permiten la mala influencia. Según la creencia, el diablo le tiene pavor a nuestro Señor Jesucristo”, explica Robin.

Las cintas que acompañan el vestuario tienen su encanto y cada color su origen en esta lucha anual entre el bien y el mal. Se mandan previamente para la bendición del cura, así como los crucifijos y el agua. “Los danzantes la beben durante la celebración bajando de la montaña fértil que protege el pueblo”. 

Sobresalen las alpargatas pintadas con cruces para evitar las malas pisadas, porque hay diablos que bailan con mucho ahínco. No se puede olvidar el rabo para distinguir la figura del danzante. El Diablo Mayor debe usar el más vistoso. 

En la víspera de la veneración al Santísimo, la celebración se inicia a las 12 pm. Hace años, cuenta el Diablo Mayor, lo que había en los cerros eran puros chivos, que tenían campanas de bronce para identificarlos por sus dueños. De allí viene el uso de los cencerros en la vestimenta, ajustados a la cintura. “Son para que el espíritu malo quede bloqueado”.

Es en el plano de la espiritualidad de los feligreses donde se producen los llamados actos de fe. Así lo relata Pablo Roberto con sus crucifijos en mano, de esos que él se cruza en el cuello, como protección especial contra el diablo. 

Durante el Corpus Christi, este sirvió de escudo para atender a una víctima de una influencia negativa. “Le dio una tembladera y cayó al suelo con una barriga que tenía un pulso raro. En el nombre de Nuestro Señor le recé y le di agua bendita. Luego de hacerle pulsaciones en el estómago, vomitó y le puse al Santísimo para que la protegiera. Cuando estaba rezándole me di cuenta que el crucifijo que había usado desapareció”.

Al mediodía cuando suenan las campanas de la iglesia, el tambor mayor o caja aglutina con su sonido perenne a los danzantes. Y entonces bajan los diablos buscando la iglesia en medio de saltos ritualistas y haciendo la señal de la cruz con sus extremidades.

 “Siempre que la iglesia esté con la puerta cerrada, porque no podemos entrar; es una costumbre de la diablada vieja”, dice Robin, quien es consultado a la usanza de un chamán indígena para curar la culebrilla con gestos de fe, mucha oración, la yerbamora mágica y el limón con aroma de mar. 

Otros ritos espirituales suceden cuando los diablos recorren el pueblo y danzan frente a la casa de los familiares de diablos fallecidos. Bailan el vaso, echándole licor y agua, y danzan al son de la caja. O se baila alrededor del agua bendita en nombre del Santísimo. Cuando se zapatea alrededor del vaso lleno de cañandonga, si se derrama no se la pueden tomar. Solo toma guarapita el diablo que lo baila bien. Y qué decir del baile del huevo, que rememora con sus ojos brillantes. “Lo hacían los apostadores de peleas de gallo. 

El día del Corpus se colocaban los huevos al paso de la danza para que los diablos los bendijeran. Para que esos pollos que salían fueran bien bravos y las gallinas las mejores ponedoras. Entonces, se podían vender más caros después de la intermediación espiritual”.

En medio del jolgorio llega el jueves, cuando el Santísimo sale y las mujeres embarazadas le piden que proteja sus vientres, mientras ellas van a misa. A la señal de las campanas comienza la eucaristía en la que los diablos dispersos esperan su final para danzar, igual que lo hicieran en la ceremonia de la víspera. La guía de los Diablos de Naiguatá la lleva Omar Domínguez con su estandarte que es símbolo de fe. A los participantes se les prohíbe pasarlo, siempre bajo la mirada atenta de su presidente Kelvin Romero.

Como cascada de montaña la diablada arrodillada fluye por las calles, pagando su promesa. “Después de la procesión se recogen los altares organizados por cada familia. Se destacan la Sociedad de la Coromoto, el altar de Las Clavellinas y el altar de la familia Arratia. “Recorremos el altar del Sagrado Corazón y de Ciriaco Iriarte, ese Sagrado Corazón de Jesús que un día le regaló un sacerdote alemán, quien por cierto ayudó a la construcción de la iglesia, y culminamos en el altar de los pescadores y campesinos”, explica Robin.

“La fe es la base para ser un Diablo Danzante de Naiguatá”, acota este capataz de esta centelleante manada de creyentes que hacen de la devoción un motivo de vida, una razón de salvación, un camino de bienestar, en este tránsito terrenal.
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